A poco menos de dos meses para que se cumpla el trigésimoquinto aniversario de las primeras elecciones generales (15 de junio de 1977), parece que hemos llegado a un punto de reflexión, que no de inflexión, que nos lleve y asegure la estabilidad hasta mediados de siglo, un escenario sobre el que somos incapaces de discernir sin caer en la ciencia ficción hacia la que nos empuja el ritmo al que marcha la evolución tecnológica.
El bicentenario de la Constitución de 1812, bien merece una reflexión sobre la democracia en España doscientos años después del primer intento fallido. Como la historia no modifica los hechos de nada sirve pensar sobre lo que hubiera pasado si un Fernando VII más transigente la hubiera aceptado y hubiera promovido un sistema donde quedara abolido el absolutismo. "Un gran asunto de familia"[\/i], dice Víctor Hugo en Los Miserables, hundió la ilusión de los liberales. Naturalmente, el escritor francés se refiere a la casa de Borbón. Fue, escribió, "la conquista de un yugo para otro pueblo"[\/i] y lo califica de "repugnante contrasentido"[\/i]. "La guerra de 1823, atentando contra la generosa nación española era, pues, un atentado a la Revolución Francesa"[\/i], escribe Víctor Hugo.
Con la clarividencia del genio, Picasso interpretó "El rapto de Europa"[\/i] pintando a la diosa, un ejemplo más de su época cubista, asida a un cuerno del toro que le acompaña. Si tuviera la posibilidad, ahora la pintaría asida a los dos. "Coger el toro por los cuernos"[\/i], es la expresión española de afrontar con valentía y decisión un problema. Ahora lo tenemos y de unas dimensiones incalculables. Lo cuentan los periódicos todos los días cuando relatan las indecisiones de los gobernantes y lo describen cuando, día tras día, relatan los efectos que tiene la crisis económica en casi todos los países de la Unión. Una crisis que ya cumple más de cuatro años, al menos en España.