La crisis financiera de 2008 abrió la puerta a inyecciones masivas de dinero público para rescatar a empresas en apuros. Vimos nacer una nueva actividad de muchos gobiernos occidentales, como inversores de un tipo de capital riesgo muy peculiar, centrados en algunas de las empresas peor gestionadas del mundo, muchas de ellas de imposible salvación. Este libro pretende arrojar alguna luz sobre el proceso por el que los gobiernos pueden evitar adentrarse en una avenida de falsas esperanzas, en el bulevar de los sueños rotos, y no repetir errores demasiado frecuentes al intentar estimular el emprendimiento. En opinión del autor, si los responsables de las políticas públicas aplicaran algunas lecciones básicas, se evitarían muchas historias de derroche y de disgustos, los emprendedores encontrarían un clima más acogedor y todos disfrutaríamos de una economía más sana.
Pocas empresas parecen haber sido capaces de ver a tiempo la necesidad de cambiar sus vigentes estructuras y, es posible que ni siquiera pensaron en planteárselo. Se obstinan en seguir los viejos caminos hasta su extenuación, ignorando los avances tecnológicos que se han operado en sus sectores. Incluso algunas de las más eficientes no siempre entienden que la cuestión a resolver no descansa únicamente en analizar y cuidar su situación económica, estudiando los balances y la cuenta de resultados actuales, sino en disponer de información acerca de los avances técnicos y, con ese bagaje, saber dotarse de las estructuras y medios de desarrollo tecnológico adecuados.