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Abramos paso al pensamiento crítico

Hablamos a veces de pensamiento conceptual, analítico, conectivo, sistémico, creativo, estratégico, inferencial, sintético, generalizador, exploratorio, argumentativo, evaluador… Son, digamos, modalidades que apuntan al proceso y a los resultados de la cavilación. El denominado pensamiento crítico, bien entendido, apunta a la calidad, la precisión, la solidez del razonamiento para llegar a la verdad; así es: no se orienta al error sino a la verdad y resulta crítico por decisivo. El rigor cognitivo resulta imprescindible a la hora de enfrentarnos a la gran cantidad de información que nos rodea.

Podemos, sí, contemplar el pensamiento crítico como un conjunto sustantivo-adjetivo e interpretarlo al gusto; pero somos ya muchos los que ubicamos la expresión dentro del critical thinking movement. Observamos el “pensamiento crítico” como una manera independiente y ya inexcusable de pensar; como un pensamiento de calidad, preciso y autocorregido, al que hemos de asociar un suficiente conocimiento del tema sobre el que se reflexiona, para llegar a los mejores resultados. Parece que habría que empezar a cultivarlo desde la etapa escolar, paso a paso.

En general todos creemos ser objetivos y estar acertados, de modo que quizá hay que empezar por cultivar la humildad, y asimismo la autocrítica sobre nuestras percepciones y cavilaciones. Nunca deberíamos estar muy seguros de nada, sino que el buen juicio habría de ser un objetivo permanente al que aproximarnos; al que acercarnos al máximo, mediante la disipación de dudas.

Desde luego hemos de evitar la credulidad: es mucha la información que nos rodea y de muy cuestionable calidad. Pero también hemos de limitar nuestra condición de escépticos, de modo que dejemos suficiente espacio para que quepa la duda prudente. Con hiperescepticismo científico —acaso también de origen religioso— toparon quienes, pensadores críticos, propusieron el heliocentrismo ya desde la Antigüedad; a la vez, los geocentristas se mostraron muy seguros durante muchos siglos. El pensador crítico duda, y diríase que apunta en mayor medida al aseguramiento de la verdad que a la negación de lo falso.

Pero enfoquemos, que a eso vamos, las reservas que el pensamiento crítico parece suscitar en nuestra sociedad. Hemos de admitir que esta etiqueta genera recelo, prevención; habrá quien prefiera hablar de pensamiento reflexivo, pero los expertos siguen hablando de pensamiento crítico (critical thinking). Insistamos: ciertamente no se trata, como fin, de sacar defectos, de subrayar errores, de “criticar” aquello que no nos gusta (incluso a veces con argumentos demasiado subjetivos y aun falaces); se trata, en cambio, de ir aproximándonos a la verdad con pasos firmes. Estamos ante un pensamiento de calidad autocontrolada, que resulta determinante para la consecución de los mejores resultados.

Se ha de neutralizar la prevención emergente. El pensador crítico no es negativo, sino explorador tras la verdad, a la que persigue con perseverancia, perspectiva y sagacidad; no denota insatisfacción, sino curiosidad; no señala culpables, sino que analiza causas y consecuencias; no se queda sólo con aquello que consolida sus juicios, sino que toma conciencia de sus prejuicios y contrasta toda la información; no se precipita en sus inferencias, sino que las lentifica y asegura; no se muestra terco e inflexible, sino comedido, razonable, abierto.

El mejor pensador crítico no prolonga discusiones vanas, no adultera conceptos, no reduce los problemas a falsos dilemas, no atribuye a los demás posiciones u opiniones en falso, no renuncia al sentido común cuando interpreta y sigue procedimientos establecidos, no fuerza analogías, no persigue la supremacía dialéctica… Pues esto es lo que necesitamos. Claro, para bien o para mal, no resulta sencillo adoctrinar a un pensador crítico. Acaso aquí radica otra reserva sensible; una prevención no vinculada ya con el lenguaje sino con la gestión de personas en las organizaciones, e incluso con la educación misma en la etapa escolar.

Sí, el pensador crítico encaja más en la idea de “capital humano”, y no tanto en la de “recursos humanos”; es un trabajador del conocimiento, pero también del pensamiento; defiende los intereses corporativos pero, en su caso, no tragaría ruedas de molino. Y en lo referido a la educación, el movement se alinea con la idea de enseñar a pensar, y no tanto con la de enseñar qué pensar. Diríase que, en la economía del saber y el innovar, ya se acabó aquello de que se pagaba por trabajar y no por pensar; en realidad, todos hemos de pensar cada día más y mejor.

Recientemente —quizá resulte oportuno traer el caso—, dentro de un ciclo de charlas en un colegio religioso (básicamente para antiguos alumnos), iba yo a hablar del pensamiento crítico: solo se presentó un asistente. En las anteriores (sobre el desarrollo personal permanente, la empatía, la creatividad…), todas en viernes por la tarde, habíamos contado con una asistencia modesta aunque aceptable; incluso el propio director del colegio había estado presente más de una vez. Pues eso: una sola persona acudió y me quedé pensando si pasaba con el tema del pensamiento crítico.

Ya en la primera charla, el director había echado de menos un mayor énfasis en el perfil espiritual y cristiano del individuo, que suponía —en ello insistió— “un plus” en el desarrollo de la persona. Importante cuestión por la que yo, sin llegar a preterirla, había pasado de largo quizá por laicista deformación profesional de consultor modesto (además, por cierto y en vez de arreglarlo, se me ocurrió decir que éramos “cristianos, aunque también pecadores”: creo que puse en observación mi condición de fiel, y cierro el paréntesis digresivo).

Con este antecedente y otros, en mi entrópica compunción acabé preguntándome en efecto si el tema del pensamiento crítico suscitaba reservas relacionadas con el posible cuestionamiento de la fe, de la función del clero y hasta de la infalibilidad del papa. Pero —concluí enseguida— si la fe no resiste un cuestionamiento, no es tal, porque no se nutre del campo racional sino del espiritual. Cultivemos pues las creencias religiosas (o su carencia, en su caso), aunque también el pensamiento crítico. Yo me guardo mi inédita presentación aquella, pero aproxímense al critical thinking movement si no lo han hecho suficientemente.

Son diversas, por otra parte, las exigencias a que hemos atender para que nuestro pensamiento nos lleve a las mejores conclusiones. Desde luego, cabe señalar la necesidad de un conocimiento profundo de los temas-asuntos, la precisa percepción de las realidades, un estado idóneo de la conciencia, una inteligencia bien cultivada, un propósito acorde y bien definido… Parecería que, en general, superamos estas condiciones y que, si nos lo proponemos, podemos ser buenos pensadores críticos; pero no lo somos, no.

Por ejemplo y si nos fijamos bien, casi todos pertenecemos a algún colectivo (profesional, religioso o social en general) de forma más o menos intensa, y en algún caso podemos correr el riesgo de que se nos oscurezca el mundo a partir de nuestro alcance relacional. La defensa grupal de los intereses compartidos —o acaso de los ideales, de las creencias o de los valores— podría radicalizarse, pero, incluso sin llegar a extremos, nuestra objetividad podría verse afectada: es el sociocentrismo, que a menudo viene a estrechar, si no a enturbiar también, nuestras miras. Claro, también existe el egocentrismo, diríase que más perturbador.

Terminamos. Repasemos el mensaje: este modo riguroso, autónomo y positivo de pensar resulta inexcusable en los tiempos que corren (en ello viene insistiendo, por ejemplo, el foro de Davos), pero ha de ser bien entendido y desplegado. No, en nombre del pensamiento crítico no vale descalificar aquello que no nos gusta o vulnera nuestros intereses, si al hacerlo no aportamos una verdad más sólida, más convincente, bien enriquecedora para el destinatario. Y paso ya el turno de la reflexión al lector interesado, que seguramente no necesitaba tanta isagoge.

 

José Enebral Fernández

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