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A propósito de 'Charlie Hebdo' (Artículo)

El comienzo del año es el mejor ejemplo para corroborar que vivimos una etapa de cambio viendo cosas que no habíamos visto antes y que, por lo tanto, nos obliga a establecer juicios de valor, y por lo tanto subjetivos, sobre cuestiones que afectan a la práctica totalidad de las áreas que te rodean y afectan individual y colectivamente. Hay un nuevo orden económico, que todavía no comprendemos muy bien; hay temas tecnológicos que transforman las relaciones humanas y también hay otras muchas cosas de otro tipo que obligan a adecuar los modelos organizativos y de convivencia.

Hay muchas cuestiones que sirven para demostrar esta situación, pero quizás ha sido el asalto armado a la redacción de la revista francesa Charlie Hebdo el más representativo, entre otras cosas porque ha quebrado algo tan vital como la convivencia en sociedades donde parecía que se había logrado llegar a lo más cercano al ideal. Que ciudadanos de un país desarrollado asesinen con la frialdad que hemos visto a unos compatriotas y vecinos por lo que ellos consideraban que era una burla hacia su líder espiritual, es una cuestión que quedaba muy alejada de la Europa del siglo XXI.

Carezco de una formación filosófica comparable a la de algunos filósofos que han escrito con cierta urgencia sobre el tema y por eso es probable que eche de menos algo en sus escritos. No han entrado a fondo en el problema y eso hace difícil las soluciones. La situación me ha traído a la memoria algunos de los escritos de Nietzsche cuando hablaba de la creciente debilidad de los grandes valores, esos a los que damos la calificación de casi inmutables, y sus consecuencias.

Recientemente hemos podido leer una cierta cantidad de libros que hablan de este momento y algunos de sus desajustes. Por citar que no quede y ahí están las recomendaciones que el joven Marc Zuckerberg, el fundador de Facebook, ha hecho del excelente libro de Moisés Naim, “El fin del poder”, uno de los finalistas del Premio Know Square de la edición correspondiente a los libros editados en 2013. No digamos nada de la gran sensación del año, “El capital del siglo XXI”,  de Thomas Picketty que, por cierto, todavía no lo he leído o el más reciente de Jeremy Rifkin, “La sociedad de coste marginal cero”, ganador de los Premios Know Square en la edición correspondiente a 2014. Todos certifican que la sociedad está en un proceso de cambio.

Esto forma parte de la historia y no nos debe extrañar, pero en todas estas fases nos hemos encontrado con reflexiones sobre la LIBERTAD, el INDIVIDUO y la SOCIEDAD, los tres conceptos que marcan al ser humano y lo diferencian del ser animal. Quizá no hablamos de ellos porque no hay escasez de los mismos y, en consecuencia, pierden su dimensión en esta sociedad de los 140 caracteres, la inmediatez y todas esas cosas que definen a la sociedad desarrollada de hoy en día.

He preguntado a varios jóvenes sobre estas tres palabras y la primera reacción mayoritaria ha sido encogerse de hombros. Libertad significa poder hacer lo que queremos; individuo significa “yo” y sociedad quiere decir “mi círculo” que, traducido, quiere decir: mi chica-mi chico, mis colegas-mis amigas y toda la gente que conozco o no conozco pero con la que hablo o me escribo a través de redes y pueden llegar a ser 728 por coger una cifra que me ha dicho uno de ellos.

Pero resulta que esta falta de claridad a la hora de considerar los conceptos aludidos no solo afecta a los jóvenes, sino también a los mayores. Vemos y oímos opiniones sobre el tema Charlie Hebdo, incluida la del Papa Francisco, y para mí que falta algo tan esencial como claridad de ideas de lo que significan conceptos como libertad, individuo y sociedad en este tortuoso principio de 2015. Y las democracias no sobrevivirán sino son extremadamente claras definiendo estos conceptos, que son sus columnas vertebrales. Frente a las otras opciones de estructura de poder  no tienen nada que hacer porque para las alternativas dogmáticas esos tres conceptos están meridianamente claros: no existen. No existe la libertad; no existe el individuo y no existe la sociedad como tal porque lo que existe es “su” sociedad.

En un reciente artículo publicado en El País a propósito del tema, el escritor mexicano Jorge Volpi recordaba a Nietzsche cuando decía que Europa es un continente que “ha perdido toda su fuerza por haber renunciado a la religión y haberse decantado por los valores facilones, femeninos, de la democracia liberal”. No coincido en su juicio sobre la democracia liberal por muchas razones, pero si con el argumento referente a la religión. “¿Cómo pudimos vaciar el mar?”, escribe Nietzsche en “La gaya ciencia” antes de aquel “¡Dios ha muerto!" que grita para referirse a esa pérdida de los valores que nunca deben abandonarse. Hemos vaciado el mar y ahora hay que llenarlo otra vez.

Hablamos mucho y pensamos poco, nos dicen muchos de los libros que he citado. Nos hablan de cambios, de desigualdades, de nuevas estructuras de poder que se corresponden con la adecuación al nuevo mundo que empezamos a vivir. Antes se pensaba en el individuo y ahora, como decía antes, parece que no existe; eres un nombre después de un signo: @; ahora no pensamos en la sociedad porque parece que ese concepto no puede agrupar los miles de millones de @@@, s existentes. Y mucho menos pensamos en la libertad y eso por varias razones y la principal es porque la tenemos; y como la tenemos, hay una parte importante que cree que no la tenemos y volvemos a entrar en esa dinámica donde la historia contemporánea resulta que es el pasado y el presente es el futuro. Y eso cuesta digerirlo.

Me preocupó cuando una ministra del Gobierno de España presidido por José Luis Rodríguez Zapatero dijo aquello de que “el dinero público no es de nadie”. La verdad es aparte de ser chistoso, extravagante y malintencionado fiscalmente hablando, lo que hizo la ministra es verbalizar esta cultura de inexistencia de conceptos como los que he citado. No existe el individuo en la cultura española, siempre aplastada por sucedáneos de diverso tipo, no existe sociedad, existe estado y existe libertad, pero no la valoramos.

Sobre el tema del individualismo escribía recientemente –también en El País- el profesor Álvarez Junco, uno de los grandes historiadores españoles de la actualidad. Nos atribuimos desde hace tiempo el mito de ser individualistas, cuando probablemente seamos simplemente recelosos de lo que nos rodea. Y me da que pensar que por ahí empieza a ser igual porque la inexistencia de esos tres ejes nos llevan hacia donde nunca hemos querido ir.

 

 

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Comments (2)

  • Enrique Titos

    Enrique Titos

    14 Febrero 2015 at 21:15 | #

    La reflexión de la falta de puntos de referencia que antes han sido válidos me parece fundamental para entender la inmovilidad y superficialidad de las generaciones actuales. Y de ahí la fragilidad que permite que los populismos tengan un camino mas abonado. Nunca antes fue el individuo tan indefenso ante los impulsos que recibe y mas cuando ha perdido los valores básicos, normalmente asociados a una religión que por otra parte vive seguramente la crisis más importante desde hace siglos. Parece que casi todo tiene explicacion en la ciencia y lo resolverá la ciencia. Se sustituye la creencia religiosa por otras creencias, porque en algo hay que creer.

    Si esto lo unimos a las transformaciones en el mercado de trabajo derivadas de los nuevos modelos, la tecnología y la globalización el cambio social es inevitable. Hacen falta en mi opinión nuevas ideas, un rescate de los valores sólidos y una gran dosis de adaptabilidad y capacidad de innovar para afrontar el futuro.

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  • Elías Ramos

    Elías Ramos

    15 Febrero 2015 at 09:20 | #

    Gracias por el comentario Enrique. Es un tema de debate apasionante para una época de cambio en la que esos valores sólidos a los que te refieres y en los que seguro coincidimos pueden ser interpretados de distinta manera. De hecho ya lo hicimos nosotros y nuestros padres y nuestros abuelos. Quizá mas lentamente porque el cambio no iba tan rápido como ahora.

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