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Del Sinodal de Aguilafuente y otras tribulaciones modernas (¿El fin del libro como lo conocemos?) - Artículos más leídos 2015 - Septiembre

En España todo empezó con un pequeño libro. Año 1472. 235 x 175 mm. Cuarenta y ocho hojas impresas y catorce en blanco abrazadas por una encuadernación en piel de estilo mudéjar. Su papel es basto, elaborado con fibras de lino y no tiene filigrana. Su tipografía es redonda, característica de las prensas romanas y de los primeros incunables españoles, aunque tiene unos tipos góticos que siguen siendo un misterio. Sus páginas tienen veintiocho líneas trazadas a renglón seguido. Sólo dos fragmentos están dispuestos a dos columnas, tal vez ésta fuera la solución más sutil para que los nombres de los procuradores de Pedraza y Fuentidueña no aparecieran uno detrás de otro y evitar así posibles enemistades. No tiene portada y comienza directamente con el índice de capítulos que enumeran las distintas constituciones. Nuestro protagonista recoge las actas del Sínodo diocesano celebrado en la villa segoviana de Aguilafuente en los primeros días de junio de 1472.

Han pasado 543 años desde que el Sinodal naciera en el taller del maestro Juan Párix y se convirtiera así en el primer libro impreso en España, dando comienzo a una nueva era. Al igual que el paso de la tablilla al papiro y al pergamino, la letra de molde constituyó una revolución tecnológica que dejó inmediatamente obsoleta la caligrafía de copistas, escribas y amanuenses. La posibilidad de realizar tiradas de múltiples ejemplares de libros permitió que gran número de personas accedieran al conocimiento escrito transformando así sus vidas y sociedades. Cambió el formato de la cultura de la época y con él la propia esencia de la cultura.

Desde entonces el libro impreso se ha sofisticado en la forma. Han cambiado los materiales, el aspecto o la manera de imprimir. Gracias a las nuevas técnicas se ha masificado su producción y el libro impreso ha triunfado en una cultura mundial de soportes de la que tiempo ha formaron parte honorables miembros como la cinta de audio, el vinilo o el disco compacto que han pasado a mejor vida como auténticos fetiches.

Pero aunque el libro sigue transformándose en su aspecto, su finalidad se mantiene inalterada. Pensadores, narradores, poetas, historiadores, santos, científicos, filósofos, juristas o reyes han plasmado y seguirán plasmando sus ideas en tan entrañable soporte.  Sus historias y pensamientos recogidos en los libros constituyen las referencias con las que construir cualquier vida acercándonos a las de otros. Como se puede deducir de la novela epistolar 84, Charing Cross Road de Helen Hanff los libros tienen un componente fraternal pues siempre acaban llevándonos a otros seres humanos, no sólo al propio autor sino también a todos aquellos que comparten su sentido. Ésta es su esencia.

Sea cual sea el formato del libro, en él siempre domina el diálogo, la interpretación de los rodeos de la palabra y el placer logrado después del esfuerzo de esa interpretación. Sea cual sea el formato del libro, su relación real con el lector es difícilmente mensurable pues nadie está en condiciones de afirmar con exactitud qué grado de imitación alcanza su vida con respecto a lo leído, qué grado de intromisión existe entre la literatura y su propia existencia.

Pero aunque el libro impreso mantiene su finalidad, sí ve mermado su destino. La actualidad dista así de aquel momento de transición que experimentó el libro hace más de quinientos años con nuestro Sinodal segoviano como primer protagonista. Paradójicamente, en una época en la que la estimulación sensorial es un valor por doquier la lectura empieza a convertirse en una experiencia plana, funcional y en ocasiones efímera lo que tendrá un impacto directo en la manera de entender y vivir la cultura contemporánea. La cultura está inevitablemente influida por los formatos en los que se distribuye. En este contexto, el libro digital experimentará un triunfo irremediable, mientras que el libro impreso únicamente tendrá su espacio mientras sigamos proyectando nuestros afectos sobre él.

 

Adjunto
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