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Disciplina bien entendida, desde pequeños (Artículo)

Se viene leyendo estos días, y se hace con cierto estupor, que no son pocos los maestros que desempeñan su labor sintiéndose intimidados por sus alumnos y acaso por algunos padres; leyendo, sí, noticias de faltas graves de respeto de los alumnos y de actitudes cuestionables en los padres. Entre otros diversos problemas posibles en el escenario escolar (que bien diversa es la problemática), y sin que quepa en absoluto generalizar, parece estar faltando, sí, disciplina en los alumnos con alguna frecuencia.

 

Los chicos y chicas de la enseñanza primaria y secundaria son distintos uno a uno, como lo son los padres y lo son los maestros, por no hablar de otros agentes. Son muchos los parámetros a considerar, como también ciertamente las realidades a constatar. El análisis es complejo y cada situación es única; sin embargo, algunas reflexiones generales caben. Ciertamente caben, porque a menudo resulta más útil en la vida la disciplina, el orden, la organización, que la inteligencia y los conocimientos. Importante, y mucho, lo de respetar a los demás y ser disciplinados en suficiente grado; la educación es, en buena medida, esto.

El brillante disertador colombo-japonés Yokoi Kenji nos convencía de que no debemos atribuir a los japoneses un plus de creatividad, sabiduría e inteligencia, aunque sí hemos de considerarles sin duda altamente —extraordinariamente— disciplinados. Una ventaja competitiva cardinal, diría uno, porque en efecto el éxito profesional tiene mucho que ver con ser disciplinados. Concretamente, tiene que ver con el prurito en el desempeño, con el respeto a los procedimientos y a los demás, con hacer lo que hay que hacer, y hacerlo a tiempo y bien, aunque no guste o constituya gran desafío. Diríase que la profesionalidad es sobre todo disciplina.

Aquí podemos recordar, por ejemplo, que el transistor se descubrió en los Estados Unidos, y que los americanos no sabían muy bien qué hacer con él. La consiguiente e inexcusable miniaturización fue una concienzuda tarea japonesa, llevada a cabo con empeño. E igualmente relevante, al respecto del perfil japonés, podría resultar el caso del fax, o el del horno de microondas, entre otros. Pero volvamos a la educación escolar… Por cierto, Kenji también nos hablaba de la singular disciplina de los alumnos en los colegios de Japón; de su sólido respeto al profesor, como cualidad destacable.

La educación es asunto cardinal y frecuente tema de debate en nuestro país. Quizá a menudo cada parte defiende su papel, sus intereses, sus puntos de vista, y puede faltar perspectiva, empatía, sinergia, amplitud de miras. Lo cierto es que se ha venido examinando a los alumnos de conocimientos (acaso algunos no tan fundamentales), y quizá no se les ha examinado debidamente de habilidades, actitudes, fortalezas, valores, mentalidades. Habría que revisar los valores de nuestra sociedad. Hoy leo también que una cierta degradación cultural ha podido catalizar la escandalosa degeneración-corrupción política que indignados advertimos en la actualidad; uno añadiría que no parece solo política…

Me hallo precisamente tratando de localizar a antiguos compañeros, para celebrar el 50º aniversario de la salida del colegio. Claro, surgen recuerdos de aquella educación de los primeros años 60 en un colegio religioso. Bueno, uno sólo puede recordar su propio colegio; pero no sería muy distinto de otros religiosos de la época, con fotos de Franco y José Antonio en las aulas, aparte del crucifijo. Y, digámoslo, exceso de liturgia y acaso de disciplina. No nos gustaba (acaso sobre todo por ser obligatorio), pero había que ir a misa cada día y lo hacíamos. Como tampoco nos gustaba tener que ir al colegio los domingos, mañana y tarde, y lo hacíamos.

Las cosas han cambiado mucho, pero sigue habiendo una deseable dosis de disciplina en la actualidad en buena parte de los colegios; de modo que no debe ser imposible establecerla, aunque resulte difícil a veces. Las normas u obligaciones son hoy distintas (creo que felizmente menos rigurosas y más empáticas con los alumnos), pero han de imponerse en beneficio de su desarrollo como personas.

Estuve en mi colegio desde los 8 años hasta los 14, y recuerdo castigos también físicos (campanillazos, alguna bofetada…) de manera esporádica, tanto de parte de superiores con sotana como sin ella; pero diría que generalmente se aplicaban con la cabeza fría, y que eran más numerosos los superiores que no recurrían a lo físico. Claro, había otra alternativa que tampoco nosotros veíamos muy saludable: la humillación pública. Igualmente, esta se aplicaba a veces con la cabeza fría, y otras, quizá no tanto.

Entiendo que en nuestro tiempo actual no hay castigos físicos como aquellos, pero también que los maestros están preparados para no necesitar desplegarlos, y que desde luego no ven ya legítima ni efectiva esa opción. Hay en verdad un ejercicio profesional-correcto de la autoridad, y otro no tan profesional-correcto. Y hay que contar, claro, con que el ejercitante lo haga bien; que despliegue virtudes cardinales y no abusos reprobables.

Si el alumno, en su niñez y pubertad, percibe abusos de autoridad a su alrededor, acaso pensará que es normal abusar del poder (al margen de la norma) cuando se alcanza. Sí, obviamente en el colegio se aprende algo más que geografía, matemáticas, historia, etc. Parece inexcusable que los maestros y superiores desplieguen siempre un proceder ejemplar, como seguramente viene a ser lo habitual; y que asimismo desplieguen y defiendan unos usos y costumbres acordes con los propósitos perseguidos.

Hemos de atender a los fines, y también a los medios. Se ha de salvaguardar la disciplina, mediante procedimientos aceptables. No reprocho a los seglares don Bienvenido o don Fernando que nos dieran entonces (cincuenta años atrás) bofetadas por no sabernos la lección o no completar las tareas, pero sí me habría parecido mal que disfrutaran cuando lo hacían, o que lo hubieran hecho en innecesaria demasía o sin motivo suficiente… Bueno sí, quizá alguno se excedió alguna vez con la autoridad. Aquellos eran ciertamente otros tiempos, con particulares usos socioculturales.

Diría que la educación es hoy un arte; lo diría como forma de hablar, pero dando significado a la frase. Nuestros superiores tenían el buen gusto de hacernos creer que no les obedecíamos a ellos, sino a la norma; no hacían alarde de autoridad, sino que la ejercían a la vez que mostraban su propio respeto a lo establecido: todos debíamos seguir las reglas, o tener una justificación para no hacerlo. Así seguirá siendo seguramente.

Desde luego, la educación estaría fallando cuando, aparte de lo que se llama fracaso escolar, los chicos y chicas salieran del colegio sin saber relacionarse debidamente, ni haber encarado, por decirlo así, el camino recto. Podremos apuntar a los padres o al colegio, pero será un fallo garrafal. Aquí conviene finalmente insistir en el significado  —y la relevancia— de la disciplina en el ser humano.

Se trata básicamente del sometimiento a las normas establecidas en la convivencia dentro de colectivos, como también a los compromisos y deberes adquiridos, por encima de lo que nos apetezca en cada momento y con una idónea escala de prioridades. De modo que, en realidad, resulta difícil separar de la disciplina elementos culturales tales como los valores, las creencias (no me refiero especialmente a las religiosas), los hábitos conductuales…

En la niñez y pubertad se ha de inculcar la disciplina precisa, de modo que ya luzca en la adolescencia y se mantenga a lo largo de la vida. Una disciplina escolar que ha de materializarse en el aprendizaje, pero no solo en el aprendizaje de la geografía, la historia, las matemáticas…

Otros puntos de vista más autorizados pueden surgir entre los lectores, pero convengamos en la importancia cardinal de la disciplina bien entendida en las personas. Se trata, para cada uno, de seguir las reglas que damos por convenientes, tanto en la convivencia como en el quehacer profesional; de que no se degeneren, corrompan, los buenos usos, las buenas costumbres; de que hagamos una saludable gestión de nosotros mismos tras los mejores resultados declarables.

No deberíamos confundir la disciplina con la obediencia, salvo que nos refiriéramos a seguir las leyes, las normas, los procedimientos. Obedecer al maestro o al jefe-líder es preciso en la medida en que sus instrucciones se alineen con lo legítimamente establecido. Si el subordinado percibiera manipulación, alejamiento de la normativa, desvío procedimental, entonces la disciplina no habría de llevarle a obedecer sino a analizar la situación.

Adjunto
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