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Explorando alternativas - Starting the alternatives Explorer (Artículo)

Ha llegado la hora de dedicar tiempo a explorar alternativas de solución a los problemas que tenemos ya perfectamente detectados. El sistema no funciona bien, va lento, incluso se para a veces, dejando a oscuras la pantalla. Podemos recurrir a la experiencia informática. Como hacemos cuando nuestro ordenador detecta dificultades de comunicación con las redes disponibles -de las que tanto dependemos-, lo más simple es acogerse a la opción de permitir que el propio programa encuentre posibles soluciones y recupere la conexión perdida.

Afortunadamente para los usuarios, la mayor parte de las veces, después de misteriosas comprobaciones, el asunto queda resuelto de forma automática (1). Sin embargo, hay una posibilidad fatídica de que el programa de chequeo interno nos ordene “consultar al administrador”. Si, como es el caso en los ordenadores personales, los administradores somos nosotros mismos, esta opción normalizada equivale a “no encuentro solución”. Hay que acudir entonces, con el aparato bajo del brazo, a un experto para que nos saque del apuro o nos proponga (¡ay!) reformatear el disco duro, cuando no, comprar un equipo nuevo.

Dejando a un lado la metáfora informática, tenemos que decidir entre Transición o Resetear. Los más prudentes de entre los que apuestan por el cambio, defienden la necesidad de una Transición (la Segunda o la Tercera desde 1978, según cómo lo miren).

Los más inquietos o desanimados, abogan por Volver a Empezar. Al menos, en varias cuestiones fundamentales, que repaso con el lector:

1. Control empresarial. El descubrimiento de que algunos elementos principales de la cúpula empresarial (incluida la bancaria) dedicaban una parte sustancial de sus esfuerzos a defraudar al sistema, no puede quedar sin consecuencias para los infractores, pero tampoco debe engañarnos a todos.

Tenemos elementos suficientes para sospechar que gran parte del sistema está corrupto, aunque deberíamos ser capaces de distinguir entre niveles. Puede que muchos, en su sector y a su escala, vinieran incumpliendo con sus obligaciones tributarias, engañando, de diversas formas, a la Hacienda Pública. Generando facturas falsas, contratando trabajadores a los que se les paga una parte del salario en dinero b, mintiendo respecto a los objetivos sociales, las relaciones internas o externas que mantenían con el resto de los llamados poderes fácticos, etc.
 
Quedaría así explicado, por fin, por qué muchos de los directivos de las grandes empresas ganan desproporcionadamente tanto, porqué algunos propietarios o ejecutivos de entidades de aparente escasa entidad disponen de casas o vehículos aparatosos o realizan viajes de placer muy costosos con cargo a ingresos desconocidos. Por supuesto, el control social, la inspección fiscal, las posibilidades de denuncia de colegas, vecinos o conocidos de los miles de privilegiados por el sistema, está fallando.

2. Control político. No necesitamos que los líderes políticos de los principales partidos que dicen representar a la ciudadanía se pongan más colorados, ni que busquen, con su reconocidas dotes persuasivas, la manera de bordear sus zonas de peligro, explicando que ignoraban de la existencia de fórmulas extracontables de generación de dineros para sus entidades o que se recompensara a sus líderes o militantes con sobresueldos.

Los síntomas son suficientemente evidentes; los silencios (o los balbuceos con los que se pretende explicaciones), expresivos; la falta de vigor en la denuncia, bastante, para que entendamos que casi todos, quien más quien menos, se encuentran atascados, enfangados en el lodo de un pasado sin suficiente control. Habrá culpables mayores o menores, pero la cuestión, en su caso, sería conseguir detectar los grados de incumplimiento relativos de lo establecido legalmente, y no quién está totalmente libre de culpa (aunque sería un alivio descubrir que hay partidos en esa situación de pureza, y no solo los recién constituidos están aún libres de pecado).

3. Control de la Jefatura del Estado. Podemos estar lamentando durante unos años o décadas más que la institución monárquica, que ha cumplido (decimos todos) tan importantes misiones para evitar la segunda guerra civil del siglo XX o una restauración de la dictadura militar, haya mostrado tener los pies del barro de los demás mortales. Pero también aquí el meollo de la cuestión no es aislar a un miembro del clan para lancearlo.

Lo principal es atender al fondo: reconocer que tenemos una familia monárquica relativamente pobre (comparémosla con la británica o…con la casa de Alba), bien relacionada con los poderes fácticos y cuya imagen mítica para el pueblo llano es rentabilizable. Si se nos decae el fervor monárquico, no deberíamos sustraernos como elemento complementario, digno de una reflexión igualitaria, que la fórmula de la República nos ha funcionado bastante mal, porque nos han faltado líderes aglutinadores que saltaran por encima de las dos facciones en que se ha encontrado dividido siempre el país.

La Tercera República no tiene visos de funcionar mejor, con los elementos que están a la vista. Personalmente, no me tranquilizan esos tipos que enarbolan banderas que no tienen el soporte de una ideología, de un programa, de unas propuestas conocidas y sólidas. Y en todo, caso, se precisaría consolidar líderes con capacidad de dirigirla, de los que hoy por hoy no se dispone y, por tanto, se tardará en encontrarlos y fortalecerlos y en convertirlos en motor (si es que no los asesinan antes).

Lo único que hay cierto es el descontento, las ganas de cambio, la necesidad, también, de cambiar.

4. Financiación del estado social. Este es el elemento clave. En realidad, mejorar las condiciones sociales de la población son el objetivo de todo cambio democrático. Hoy, ese objetivo global tiene aristas muy acuciantes: conseguir recuperar empleo suficiente para garantizar la tranquilidad popular (es decir, reducir a un mínimo estructural el paro laboral), y mantener las prestaciones sanitarias, educativas, y asistenciales en general. Hay que ser muy fino en definir cómo sostener la calidad y, sobre todo, cómo se va a financiar este sistema, hoy y, sobre todo, en el futuro.

Las cifras no pueden ser improvisadas, ni basadas en elucubraciones de supuestos expertos. Tienen que ser proporcionadas desde la misma función pública, con datos avalados por el Estado. Y, claro está, no es creíble que la gestión privada sea mejor que la pública; tampoco la verdad se encontraría al volver la frase del revés. Lo que es insustituible es garantizar que el control sea bueno, y, ese sí, que sea público.

Con estos elementos a la vista, creo que necesitamos un período de intensa reflexión, en la que no deberíamos dar demasiada importancia (es decir, no toda la importancia) a los casos descubiertos y admitir que, por lo que sea (nuestra propia tendencia colectiva a trampear y engañar si se nos da la oportunidad y, en mi opinión particular, a no ser finos en esta picaresca, descuidando la ocultación de los engaños, como hacen otros más sagaces) estamos pillados en una encrucijada que nos obliga a ser espléndidos en el perdón con nosotros mismos.

Difícil situación, sin duda. “Siento lo que ha pasado. No volverá a ocurrir“, puede ser una frase-modelo, que empiece a prodigarse en todos los estamentos. Pero cabe preguntar: ¿Seguro? ¿Quién lo garantiza? Y, sobre todo, ¿Cómo podríamos evitar que vuelva a suceder?

No tengo todas las respuestas. Pero estoy convencido que, entre todos, las obtendremos todas. Sin necesidad, en mi opinión, de tener que reformatear ni resetear el disco duro del ordenador del sistema.

Nota


(1) Aunque no quiero llevar la comparación innecesariamente lejos, el atractivo del símil es alto. Por ejemplo, una vez que el sistema nos propone elegir entre varias soluciones y, aceptada por el usuario una de ellas, el programa de autocontrol detecta que el problema parece resuelto, pregunta al lego funcional, pero, al fin y al cabo, responsable racional y propietario del equipo, algo parecido a esto: “¿Cree que el programa de búsqueda de soluciones le ha sido útil? Ayúdenos a mejorarlo dándonos su opinión, que será tratada con absoluta confidencialidad.”

 

Adjunto
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