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Hacer que las cosas pasen (Artículo)

Parafraseando al famoso libro de David Allen, hacer que las cosas sucedan, aportar soluciones, construir nuevas realidades de futuro, es la función que más se va a demandar de los actuales directivos. Luis Manuel Calleja, mi profesor de dirección general en el IESE, solía decir que la labor del directivo tenía mucho que ver con el arte: “El directivo es un artista”. Y es verdad. En este momento se requieren artistas que creen nuevos paradigmas, que creen nuevas condiciones en los mercados para cambiar situaciones, para mejorar realidades.

Hace unos días, paseando por la siempre espectacular Tate Gallery de Londres caí en la cuenta de lo que decía el profesor Calleja. Ya no vale con un arreglito por aquí con un ajuste por allá. Para abordar el futuro, hay que ponerse ante un lienzo en blanco, ante un pedazo de piedra, o tomar piezas sueltas y aprestarse a anudarlas de algún modo original. En estos momentos es preciso imaginar nuevas formas de hacer, reinventar procesos, pero desde cero. Es tiempo de crear nuevas herramientas, nuevos métodos, nuevos procesos, nuevas formas de contratar, nuevas formas de trabajar, nuevas relaciones contractuales, nuevos espacios de trabajo, nuevas formas de comunicarse, de relacionarse. Es preciso generar nuevos espacio de libertad, una nueva manera de medir el trabajo, de valorar tareas, de examinar comportamientos, de abordar retos, de establecer alianzas sinceras y valientes, de sumar meriendas y conocimientos con iguales, de valorar más y mejor las diferencias del contrario, de entenderse con él, de aliarse si llega el caso, de ver lo que nos une frente a lo que nos separa… Y eso muchas veces solo es posible dejando de lado nuestras viejas formas de hacer. Eso es crear, y para mí, igual que para el profesor, eso es un arte. Igual que quien es capaz de juntar tres maderas, pintarlas de rojo y verde y exponerlas en la Tate ante los ojos entusiasmados de los visitantes. Debemos retomar esa capacidad de fascinar que durante siglos hemos tenido. Y podemos, claro que podemos. Pero eso sólo se hace desde el trabajo y la dedicación, y no desde la queja y el lamento.

Hay que elevar la vista. Tenemos que ser generosos con nuestras posibilidades. Dirigir hoy tiene más que ver con trabajar en lo que podemos llegar a ser, que limitarnos a hacerlo con lo que hoy somos. Para eso, hay que manejar muy bien el potencial de las personas que componen nuestros equipos, hay que confiar en su talento, generar espacios en el que las personas lo pongan al servicio de la comunidad. En los próximos años vamos a ver grandes cambios en las formas de trabajar en este sentido. Las personas deberán poner en valor sus conocimientos, sus habilidades, y prestar servicios a las empresas, quienes les remunerarán por ello mientras sean competitivos y lo hagan bien. Desgraciadamente para muchas personas se ha acabado ya la tranquilidad de la nómina, la seguridad de la pensión, o la seguridad social pagada por la empresa. Pero este no es un camino fatalista, sino una vuelta a la "normalidad" del ser humano. Es consustancial a él. Si pensamos en los quinientos escasos años de la historia de la empresa capitalista, del trabajo por cuenta ajena, este "formato" tiene una vida muy corta en el conjunto de los dos millones de años que tiene la humanidad. Las empresas, los trabajos asalariados que conocemos, sólo nacen cuando las necesidades exceden de las capacidades que tiene una sola persona para prestar el servicio. Sólo al final de la edad media, y posteriormente con el nacimiento de compañías navieras hacia indias, o las grandes compañías de ferrocarril, es cuando podemos hablar de asalariados tal y como hoy lo conocemos. Anteriormente, las personas obtenían sus recursos prestando servicios, desarrollando oficios, fabricando productos acabados o proveyendo de materias primas. Cada cual ponía en valor aquello que sabía hacer, y vivía de ello. No había seguridad social, ni pensiones, ni paro, ni ayudas por desempleo, ni nada por el estilo que generase una certeza acerca del futuro. Me pregunto si será tan difícil volver a esa situación cuando para el hombre ha sido natural durante un millón novecientos noventa y nueve mil quinientos años.

Por eso, además de ser artistas, tendremos que hacer las cosas lo mejor que sepamos, entregar el mejor servicio, y ser más competitivos para que nos vuelvan a "comprar" nuestros servicios, para repetir, para que nos vuelvan a elegir. En cierto modo, esta crisis va a acabar con trabajos mediocres, con servicios prestados sin interés o sin calidad. Ya no va a valer cualquier cosa. El herrero de un pueblo sabía que tenía que dar un buen servicio si quería seguir trabajando para sus habitantes y nos ser sustituido por el de al lado. El carpintero debía ser cuidadoso en el acabado de sus muebles para recibir más encargos. El pintor no puede manchar mucho la casa si quiere ser recomendado. El directivo deberá acabar el proyecto con éxito si quiere volver a ser contratado. El ingeniero deberá diseñar la mejor estructura para repetir proyecto. No queda otra. El tamaño de algunas empresas, tal y como los conocemos, no da para aguantar tanto coste fijo. Ojo, pero el de los países tampoco. Con la llegada de la revolución tecnológica llega el tiempo de la producción en estado puro. Gano en base a lo que produzco. Y no hay más. Es un mensaje duro para algunos, pero es lo que hay.

Por eso, este es tiempo de prepararnos ante lo que nos llega. Es tiempo de preparar a nuestros hijos, a las generaciones que nos suceden, para que lo entiendan cuanto antes. Con el aumento demográfico y el crecimiento de la esperanza de vida, sólo los estados que sean productivos mantendrán un tímido componente social. Los que no lo sean, no podrán permitírselo.

De ahí que seremos lo que sepamos hacer que pase en nuestras vidas. De ahí que tenemos que empezar a conseguir que las cosas pasen por nuestro propio bien.

¡Buen inicio de curso!

 

Adjunto
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