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La cuestión generacional (Artículo)

Ha pasado poco más de un mes desde las elecciones del 25 de mayo, pero tantas novedades desde entonces hacen parecer que los 35 días transcurridos se han multiplicado por diez. En materia social, los cambios son lentos y una vez en marcha es difícil pararlos si no los has percibido a su debido tiempo. Hablamos del cambio que ha dado como resultado que, por primera vez desde 1977, fecha de las primeras elecciones democráticas, la suma de los dos principales partidos no ha superado el 50 por ciento de los votos.

Creo que va para cuatro años desde que por primera vez me referí a la encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) para llamar la atención sobre los resultados acerca de lo que la opinión pública opina de las instituciones en general y, en concreto, a los partidos políticos que gobiernan habitualmente en la Nación, en las autonomías y en los municipios.

Han hecho oídos sordos y ahora nos encontramos con un panorama que, además de desolador, porque los partidos a los que me refiero han seguido con sus políticas internas de no intentar arreglar los desaguisados, es preocupante porque ves como alternativas que utilizan la democracia pero no creen en ella, ganan terreno, según han constatado los resultados electorales, verdadero punto de inflexión de esta realidad social.

Maneras y hechos empiezan a pasar factura. Para hacernos una idea, las personas que se acercaron a votar en las elecciones para el Parlamento Europeo del pasado día 25 de mayo y votaron en blanco (sobre vacío) o escribieron algo para invalidar el voto (votos nulos) sumaron 647.528, una cifra muy significativa porque si la comparamos con la obtenida en las Generales de 2011, que fue de 650.981, resulta una cifra prácticamente igual y eso que la abstención fue muchísimo menor.

Este voto, que normalmente se interpreta de castigo, tiene mayor importancia porque si le sumamos el de los partidos que no obtuvieron escaños la cifra de personas que fueron a votar y votó en blanco, nulo o marginales asciende a 1.826.326 votantes, el 11,47 por ciento del total, porcentaje que le sitúa como “tercer partido”. Una realidad que, curiosamente, no han destacado en los medios de comunicación habituales. Pero aún hay más. Si a esos más de 1,8 millones de votos le sumamos los obtenidos por Ciudadanos y Podemos, dos partidos escasamente valorados en las encuestas previas, la cifra supera los 3,5 millones de votantes.

Argumentan los analistas más cercanos a los partidos que en las generales votamos de otra forma y que los resultados de las elecciones europeas no pueden compararse. Tenían razón cuando todo se dirimía entre partidos habituales pero no cuando partidos nuevos han irrumpido en la escena política y muchos electores han optado por el castigo votándolos, votando a partidos que han resultado marginales o votando en blanco o provocando la nulidad del voto. Es decir, podemos estar ante el inicio de una tendencia que, por el momento, está confirmada por encuestas posteriores. Deberían tener en cuenta que una extrapolación a unas generales con una cifra de abstención mucho menor, se va de forma natural hasta los cinco millones de votantes, cifra a la que habría que sumar el efecto del propio cambio de tendencia y en consecuencia, alcanzar un número que, aunque difícil de predecir, puede calcularse en los siete millones de votos.

De hecho, el propio Felipe González ha aventurado que como el PSOE siga sin reaccionar puede encontrarse con 40 diputados en las próximas elecciones generales y rayando la descomposición y desaparición definitiva, cuestión con la que coincido plenamente, sobre todo después de escuchar los discursos de los que pretenden ser líderes del PSOE. “España necesita un shock de modernidad” o que “la salida de la crisis del partido está en más socialismo”, que han dicho los candidatos a las secretaría general Madina y Sánchez, respectivamente, no son los mensajes esperados. El shock de modernidad lo necesita el PSOE y más socialismo no quiere decir nada o quiere decir mucho, que es peor.

En general, al referirse al fenómeno Podemos he escuchado muchas reflexiones que concluían en que su éxito se ha debido sobre todo a la  sencillez y claridad de sus mensajes. Y se quedaban tan panchos. ¡Pues claro! Es que la comunicación se compone de tres elementos: emisor, mensaje y receptor; que deben tener dos características básicas para que sean eficaces: credibilidad y claridad. Alguien preguntará si es que el líder de Podemos tiene credibilidad. Respuesta: como poco, la misma que sus contrincantes; es decir, escasa o nula. Eso, sumado a la claridad y sencillez de los mensajes son 1,2 millones de votos.

Hay que añadir al hablar de sencillez en los mensajes que en la base de los populismos y la manipulación de las masas, que es lo que siempre quiere esconder el populismo, predomina la sencillez del leguaje dando a respuestas sencillas a cuestiones complejas. El abogado José María Ruiz de Soroa lo expone muy bien en su artículo publicado en El País titulado “Lo advirtió David Hume”, que dijo que “En la base de la mayoría de los razonamientos equivocados está precisamente la muy humana inclinación por la simplicidad”.

Para no pocos analistas, los resultados de estas elecciones y el final teórico del bipartidismo ha sido el detonante de la abdicación del Rey. Puede ser. Cabe deducirlo del contenido de su intervención para explicar su abdicación, que tuvo como eje el tema generacional. Con sus palabras me recordó la intervención de Juan Antonio Ortega Díaz-Ambrona en el encuentro que sobre la Transición organizó Know Square.

Recordó el ministro de Adolfo Suárez que aquel proceso de cambio fue liderado por los miembros de una generación, la del 35. No fue fácil pero si ejemplar a pesar de los posibles errores cometidos, si es que llegaron a serlo, como dejar abierta la estructura del Estado. La diferencia es que entonces había una generación dispuesta para hacer el camino de la Transición y acercar España a Europa y ahora no hay objetivos porque para definirlos y poder hacerlos de verdad hay que empezar destruyendo la carísima  maquinaria partidista creada y a la que se han acomodado cientos de miles de personas que viven directa o indirectamente de los Presupuestos Generales del Estado.

Así las cosas, los partidos deberían transformarse en un tiempo record. Puede suponerse que el PSOE lo comenzará a hacer en el próximo mes de julio en un Congreso que estaría bien que derivara en un nuevo Suresnes, congreso del que se cumplirá el 40º aniversario en el próximo mes de octubre, buena fecha para que también el Partido Popular abordase una regeneración profunda y marcase, ya que está en el Gobierno, unos objetivos para los próximos años, más allá de los presupuestarios. España tiene que recuperar el pulso y el ánimo en el futuro como bien decía Felipe VI en su primer discurso en las Cortes y que le ha llevado a ser un referente del cambio generacional que hace falta para inyectar vigor a la democracia española.

De no hacerlo, las elecciones del próximo año solo corroborarán los resultados de las Europeas del pasado 25 de mayo con la gravedad que supone que un partido surgido de la nada y que defiende que el debate es la característica principal de la democracia, como le he oído decir al ya famoso Pablo Iglesias, pueda convertirse en una bisagra que le lleve a puestos de gobierno en muchos sitios en unas futuras elecciones autonómicas y municipales.

Sobre su afirmación, ya es grave que lo diga porque supone una distorsión grave de los que es una democracia, pero es más grave que representantes del PSOE y del PP que estaban presentes no le dieran una réplica. La esencia de la democracia es la libertad y la responsabilidad, las dos  cosas que quedan anuladas en el régimen asambleario que propone y ha ejercitado Podemos. Que la gente se reúna en un parque para debatir cuestiones esenciales que afectan a los individuos y a la sociedad en su conjunto, queda aparentemente simpático pero esconde los mecanismos típicos de la manipulación de las masas.

Nunca los resultados de unas elecciones europeas han significado tanto y se habían previsto tan poco, al menos por lo poderes establecidos, ese establishment político que, por lo visto, no analiza sus propias encuestas sobre el estado de opinión de las sociedades a las que se deben. Ahora que se cumplen los 100 años del inicio de la Gran Guerra es un buen momento para recordar al conjunto de la clase política los efectos de la arrogancia y la jactancia. En su recomendable libro sobre el citado conflicto, Christopher Clark, recuerda como algo que se consideraba tan “improbable” ocurrió. ¿Veían algo real? Dice refiriéndose a los que entonces ocupan los cargos que inevitablemente tenían que ver con la posibilidad del conflicto. ¿Veían algo real, o proyectaban sus propios temores y deseos en sus adversarios, o ambas cosas?, se pregunta Clark.

La historia no se repite pero se repiten actitudes y si malo es planificar para controlar y dirigir los comportamientos sociales en el puro estilo historicista, malo es que no tengas un objetivo para las nuevas generaciones aprovechando la libertad de los individuos, siempre generadora de  creatividad y progreso. La política que se mueve por el ansia del poder por el poder acaba destruyendo las democracias, al menos las verdaderas; otras es evidente que es lo que persiguen como la historia nos ha ilustrado en repetidas ocasiones. 

Link: http://elpais.com/elpais/2014/06/22/opinion/1403450882_900873.html

Adjunto
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