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La mentira, esa herramienta de gestión política (Artículo)

En los últimos tiempos, demasiados y diversos los casos de corrupción, hemos asistido al espectáculo de políticos (de los principales partidos) haciendo el esfuerzo, incluso el ridículo, de decir cosas que ellos mismos no parecían creerse, refugiándose en engañosas rutinas defensivas, desdiciéndose en breve espacio de tiempo, y dejando en la audiencia la sensación de que se nos tomaba por tontos y algo se quería ocultar. Todo ello a la vez que se presumía de transparencia, y se acusaba de ocultación y corrupción a otros partidos. No sin fundamento, se habla de una necesaria regeneración política en beneficio de la vergüenza, los escrúpulos y la sintonía con los ciudadanos.

Se diría que, cuando les resulta preciso, algunos dirigentes de organizaciones públicas y privadas parecen recurrir a la mentira, en sus diferentes manifestaciones (falsedad, falacia, hipocresía, cinismo, manipulación, etc.), como herramienta de gestión tras sus objetivos; pero su manejo por políticos gobernantes tiene obviamente un especial impacto. La ciudadanía parece haber inferido, cuando no descubierto, que, tras algunas mentiras y ocultaciones, se hallaban prácticas altamente viciadas, nada virtuosas.

En no pocos políticos, la verdad objetiva no siempre ha brillado como era deseable, y la subjetiva ha resultado demasiado objetable. Paralelamente, estamos asistiendo a un cierto lenguaje del eufemismo, de tal modo que a veces las verdades incómodas, imposibles de ocultar, son disfrazadas. Desde que se empezó a hablar de desafección (para no hacerlo de la creciente indignación ciudadana), los eufemismos se han multiplicado para tratar de desfigurar las realidades. En definitiva y sobre el uso de la verdad y la mentira por nuestros gobernantes, algunas reflexiones caben, acaso por oportunas. Uno, en realidad, comenzó a desplegarlas tiempo atrás.

Hace casi tres años (2010) me sorprendió ya que, en unas páginas de Internet dedicadas al sector de la formación on line, apareciera una columna, diría que ajena al contexto, en que se criticaba al entonces presidente del gobierno, y se acababa pidiendo otro gobernante que fuera prudente o, al menos —así se decía—, que no mintiera. El autor parecía despacharse a gusto, pero me quedé con lo de mentiroso e imprudente, y pensando que, aparte de cada uno de nosotros percibe las realidades a su manera, acaso podría resultar tan imprudente mentir, como decir determinadas verdades abiertamente.

Semanas atrás se habló de nuevo en los medios de la imprudencia de un gobernante, esta vez autonómico, y también se cuestionó su versión de algunos hechos. Sin duda todos hemos de ser prudentes, sobre todo los gobernantes de lo público y lo privado. Pero sabemos bien que, detrás de la verdad o la mentira como disyuntiva, puede haber hechos muy complejos, circunstancias a considerar; puede haber alguna dosis de entropía psíquica, fruto de principios, intereses, vivencias, deseos, inquietudes, prejuicios, valores, creencias, conjeturas, sentimientos, hábitos, fortalezas, debilidades, compromisos, responsabilidades, obsesiones… Todas estas voces interiores forman parte de nosotros, y seguramente pueden desdibujar las realidades.

Teniendo a mano los famosos aforismos de Baltasar Gracián —bastante maquiavélicos a veces—, volví sobre ellos para reflexionar sobre la moral graciana en el uso de la verdad. Como se sabe, el “Oráculo Manual y Arte de Prudencia” alcanzó sensible popularidad en Estados Unidos hace unos veinte años. Tal vez algunos lectores, si no aprendieron nuevas, vieron confirmadas sus artes, sus estrategias para el éxito. El ilustre aragonés aconsejaba administrar con cuidado la verdad porque decirla abiertamente podía resultar unas veces positivo, y otras, imprudente. Recordemos, sí, lo que nuestro pensador del siglo XVII consideraba un uso prudente de la verdad:

  • Obra con inesperada intención y disimula tus verdaderos fines.
  • Di tu verdad a los menos, y a los más, lo que desean oír.
  • No todas las verdades pueden decirse.
  • Cuando una verdad cause problemas, lo mejor es callar.
  • Obstinarte no es defender la verdad, sino ser grosero.
  • Antes de hacer o decir algo, prueba a ver si será aceptado.
  • En lo que callas está tu poder.
  • Evita transmitir a tus superiores las verdades amargas.
  • Con una sola mentira que digas, pierdes tu credibilidad.
  • Una mentira, para justificarse, necesita crear todo un mundo falso.
  • Lo que requiere demasiadas explicaciones viene a ser falso.
  • La esperanza es la gran falsificadora de la verdad.


Me pareció especialmente significativa esta parte, muy al principio: "Jugar con todas las cartas al descubierto no es de utilidad ni buen gusto. El no declarar mucho crea suspenso, y más cuando la importancia de tu cargo da lugar a que todos estén atentos a tus actos. Haz ver misterio en todo lo que hagas, y eso hará que te veneren. Aun buscando darte a entender, huye de decirlo todo claramente. En el trato personal con los demás no debes mostrar completo tu interior. Es el recatado silencio lo más sagrado de la cordura. La voluntad declarada, nunca fue estimada, y si es publicada previo a su ejecución, da tiempo a ser cuestionada. Si se conoce por azar, será dos veces dificultada. Imita, pues, el proceder divino, que tiene siempre un misterio que hace al hombre estar todo el tiempo dándole amor y atención".

Claro, a pesar del éxito de Gracián en nuestro tiempo, cabe preguntarse si, en democracia, la verdad ha de ser administrada por los gobernantes desde la prudencia graciana o, seguramente mejor, desde la integridad moral y la responsabilidad asumida ante su correspondiente ciudadanía. Al respecto acudí luego a las fortalezas personales, veinticuatro, de que nos hablaba Martin Seligman años atrás, y encontré algunas especialmente relacionadas con la sinceridad: desde luego la integridad, pero también la valentía, la objetividad y, por supuesto, la prudencia. De modo que, aparte de la capacidad para asumir los compromisos correspondientes, habríamos de pedir a los gobernantes buena dosis de fortalezas personales, incluidas estas citadas y en beneficio de su credibilidad y confiabilidad.

Parece oportuno aquí, para guiar la reflexión, enfocar diferentes conductas generales, ubicables entre la verdad total y la mentira perversa. Acaso el lector comparta las siguientes como más interesantes a considerar en los gobernantes (y en todos nosotros):

  • Decir las verdades, incluso hasta lo políticamente incorrecto o inoportuno.
  • Hablar claro o callar, pero no mentir en asuntos relevantes.
  • Optar por la verdad, aunque hacer de ella un uso contenido, responsable, prudente.
  • Abonarse a la doctrina graciana al respecto (orientada al triunfo individual).
  • Proclamar como hechos ciertos, movidos por interés, meras sospechas o rumores.
  • Ampararse, cuando conviene, en la verdad jurídica sobre la fáctica.
  • Falsear los hechos con ánimo defensivo, acudiendo por ejemplo a falaces eufemismos.
  • Desacreditar, deslegitimar, a quienes declaran verdades molestas.
  • Mezclar mentiras y verdades con fines manipuladores.
  • Mentir con cierta frecuencia y ánimo atacante (calumniar).


Al margen de asuntos que la ley o la moral tengan por confidenciales o reservados, diríamos que, en el manejo de la verdad y observando la lista, podemos pecar, pecar mucho, por exceso y por defecto. Inmoral es ciertamente la calumnia, la manipulación perversa, la falacia o el cinismo, y asimismo cabría seguramente reprobar la manifestación de verdades incómodas, cuando son desplegadas de modo innecesario o inoportuno. Uno apostaría por un uso responsable y prudente de la verdad; pero también por una prudencia guiada por el bien común y no por el propio.

Pero, puestos a desplegar una reflexión, cabe igualmente recordar las áreas sobre las que el gobernante o dirigente político hace, o ha de hacer, declaraciones públicas y administrar por ello la correspondiente verdad:

  • Sobre su ejercicio de gobierno.
  • Sobre su partido político.
  • Sobre la actuación de otros (diríase que la crítica es lo más frecuente).
  • Sobre su actuación particular, pública o privada, en caso de demanda al respecto.


Son diferentes contenidos para las declaraciones, pero en todos habría de imperar el respeto a los ciudadanos, a sus legítimas expectativas de información, y no siempre es así. Acaso resulta especialmente reprobable, en la acción de gobierno, mentir a la vez que se presume de decir la verdad, u ocultar hechos a la vez que se exhibe transparencia. Hay muchos países en que faltar a la verdad podría resultar incluso más grave, para los gobernantes, que el hecho mismo que se oculta. Al respecto se suele todavía recordar a Richard Nixon y el caso Watergate, aunque tenemos en Europa casos conocidos, más recientes y mucho menos graves, incluyendo igualmente dimisiones. Todos recordamos, sí, que del hilo tiraron dos periodistas con mucho empeño y suficiente apoyo de sus jefes.

En nuestro país contamos también con periodismo de investigación, que a veces parece llegar adonde de otro modo no se habría llegado. Pero no contamos en suficiente medida con una cultura de dimisión en los políticos. Seguramente porque falta en muchos de ellos una mayor dosis de respeto auténtico a los ciudadanos. Acaso porque falta esa dosis que impediría utilizar con tanta frecuencia el engaño, la mentira, como herramienta; que eliminaría del escenario la crítica falaz, el cinismo, el descaro. Felizmente, parecemos contar con una nueva generación de políticos, de izquierda y de derecha, que hace creíble la regeneración; que hace posible una nueva transición política, hacia principios éticos aparentemente diluidos o desfigurados en la actualidad.

La reflexión queda abierta para quienes deseen prolongarla, porque sin duda caben diferentes trayectorias de análisis, en sintonía con las propias posiciones, percepciones, inferencias, etc. A mí me costaba digerir en silencio algunas recientes declaraciones de conocidos políticos (e incluso de algún empresario), tal vez por saturación.

Adjunto
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