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Las bases para una salida de la crisis (Artículo)

Es habitual hablar de cambio de paradigma cuando nos referimos a los diferentes escenarios que surgen después de un hecho traumático o una crisis como la que ahora estamos viviendo. Decía Bertold Bretch que las crisis se producen cuando lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de aparecer, con la falta de referencias que ello conlleva. ¿Es esto lo que nos está pasando? ¿Será que el viejo sistema capitalista está haciendo aguas y que lo nuevo por venir no acaba de llegar? Algunos autores, economistas y pensadores, así lo creen.

Y algunos otros también están convencidos de la falta de referencias y de contornos definidos en el momento actual. Autores como Craig Calhoun, Director de la London School of Economics, junto con otros economistas, plantea la posibilidad de que el sistema capitalista esté llegando a su fin (véase "Does Capitalism have a future?"), y aunque esta etapa final pueda alargarse en el tiempo durante un periodo prolongado, el otro gran problema es que no sabemos qué es lo que nos va a venir. Otros autores, como el sociólogo Zigmunt Bauman, nos hablan de "tiempos líquidos" para referirse a la época de incertidumbre e indefinición que actualmente nos invade.

Algunas pistas de hacia dónde nos movemos hemos de buscarlas en el entorno europeo. Para bien o para mal formamos parte de una flota que, de forma medianamente organizada, surca los océanos dirigiéndose hacia un mismo lugar, sin tener muy claro por parte de todos cual debe ser ese destino final. En este viaje, podemos tener la tentación de salirnos del convoy y tomar un rumbo diferente, con los riesgos y, sin duda, también oportunidades que ello conlleva. Pero si hacemos esto, debemos ser conscientes de que estaremos tirando por la borda todo lo conseguido en los últimos 30 años y de que nos enfrentaremos a momentos muy difíciles de cara a nuestra credibilidad futura por parte de nuestro entorno. Además, las consecuencias a nivel micro, de pérdida de poder adquisitivo y otras, serían enormes.

La falta de referencias actuales es algo que, como primera aproximación, podemos decir que les sucede a todos los países de nuestro entorno. Sin embargo, parece claro que algunos, los que marcan la pauta de la política económica actual a nivel europeo y mundial, son los que están dibujando el nuevo mapa y configurando el nuevo territorio. Y, en consecuencia, colocando las piezas maestras que tendrán la llave del futuro desarrollo. Por ello sería muy importante estar presentes en esta toma de decisiones, buscando alianzas con otros países con problemas similares a los nuestros, dejándonos ver y participando activamente en cada uno de los procesos de definición política y económica. Y esto sólo es posible hacerlo desde el consenso interior, para de esta forma trasladar una posición política única y más fuerte a nuestros socios y competidores. Es la hora de hacer Política, con mayúscula.

Sin embargo, y paradójicamente, una de las grandes amenazas que se ciernen actualmente sobre nuestra sociedad es la labor de nuestros dirigentes políticos. Independientemente de su color partidista, con sus ideas y sus formas enraizadas en la transición y con todas sus referencias enmarcadas en los acontecimientos sucedidos en los últimos 30 años, que ya no sirven como modelo, hasta el momento han sido incapaces de tener la altura de miras necesaria para reorientar el curso de los acontecimientos. Todo se ha movido a su alrededor, pero ellos han permanecido inmutables, haciendo unas mínimas concesiones de cara a la galería, para tratar de hacernos creer que la crisis también va con ellos. No sólo no es así, sino que su aportación a la sociedad es clamorosamente inferior a los beneficios que la sociedad les aporta como clase.

Y eso sin entrar a considerar sus responsabilidades en la quiebra de instituciones como las Cajas de Ahorros, el sistema de Seguridad Social, el sistema institucional (Comunidades Autónomas, Ayuntamientos), en el cierre de innumerables empresas por no haber podido cobrar sus deudas con la Administración, etc., de cuyo fracaso son claramente responsables. Como decimos, incluso al margen de estos graves sucesos, han demostrado un descaro poco común a la hora de mantener sus privilegios de clase a costa de ahogar y limitar la iniciativa privada, subiendo impuestos sin recortar previamente los innumerables gastos innecesarios. En la Administración el criterio de eficiencia, que debe presidir cualquier decisión de inversión o gasto, no es que no se aplique, es que estamos convencidos de que muchos gestores ni saben de su existencia. Como consecuencia de ello, a día de hoy, la Deuda Pública continúa incrementándose, superando ya porcentajes del 90% del Producto Interior Bruto.

Otra de las facetas en las cuales la clase política sigue inmiscuyéndose, haciéndonos creer que lo hacen con legitimidad, es la politización de instituciones claves para nuestra sociedad, como la CNMV, el Banco de España, las Universidades, la Justicia, la Educación, el recientemente creado Sareb, etc., instituciones casi todas ellas que han fracasado en su función, en su mayor parte debido precisamente a su perfil político. Independientemente de la legalidad que actualmente asiste a los políticos para inmiscuirse en su funcionamiento, no se han querido dar por enterados de su fracaso y no han tomado ninguna medida para modificar el perfil político de las mismas. En estas instituciones deben estar los mejores profesionales, acreditados por su currículum y valía contrastada, sin importar su ideología y sin que ningún partido político pueda manipular su nombramiento o cese según le interese. Pero hoy en día, igual que en los últimos 30 años, los profesionales que las dirigen siguen siendo nombrados, sin ningún rubor, por los políticos de turno, sin ningún criterio de profesionalidad. Y ahí tenemos los resultados.

Es necesario, sin duda, reformular muchos de estos planteamientos, hacerlo con una mirada nueva, libre de prejuicios, pensando de verdad en los ciudadanos, en las empresas, autónomos y trabajadores, pensando en crear una sociedad eficiente, liberando recursos ahora asignados de forma errónea. Pero para ello no es necesario inventar nada: basta con mirar a nuestro alrededor y hacer lo más sencillo: copiar aquello que funciona, adaptándolo a nuestras particularidades. Si somos capaces de hacerlo, a pesar de su dureza, la crisis habrá merecido la pena.

No cabe ninguna duda de que somos un gran país, con unas enormes capacidades que en este momento no podemos desarrollar, en gran medida debido a las limitaciones que unos cuantos, paradójicamente elegidos por nosotros (en ayuntamientos, diputaciones, comunidades y Estado) no son capaces de eliminar para no perder muchos de sus privilegios de clase. Además, otras limitaciones, como el elevado endeudamiento, consecuencia de no haber aplicado un criterio de eficiencia en las decisiones políticas de los últimos lustros, nos lastrarán durante muchos años, pero ello no es motivo para que no se empiecen a tomar ya las decisiones correctas. Si esto se hace, los mercados van a ser los primeros en verlo y en valorarlo positivamente, con el enorme ahorro que ello supondrá en nuestros costes financieros.


 

Adjunto
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