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Las trampas de la transparencia (Artículo)

Se publica en castellano “La sociedad de la transparencia”, del filósofo Byung-Chul Han (1), cuya primera frase reza así: “Ningún otro lema domina hoy tanto el discurso público como la transparencia.” Hace tres años publiqué un artículo sobre el tema, que comenzaba así: “En la literatura y en los discursos referidos a la práctica del Management se ha venido produciendo un deslizamiento constante, persistente, aunque sin adoptar nunca formas revolucionarias, entre el enfoque técnico/racional, al que podríamos llamar hard, y otro enfoque que, sin cuestionar las raíces del primero, denominamos ideológico/cultural (de tipo soft). En nuestros entornos culturales, y aunque persista el primero con toda su potencia, ha venido extendiéndose la proclamación del segundo, particularmente en las prácticas de consultoría y en la avalancha de libros de autoayuda, como el paraíso de llegada.”(2) Sobre ambos voy a basar este artículo.

“Una sociedad mucho más humana es posible y deseable,
pero un ser humano angelical no es ni lo uno ni lo otro.”
(Cornelius Castoriadis, “Figuras de lo pensable”)

 

La conminación a la transparencia

En los discursos públicos, institucionales, empresariales, en los libros de autoayuda, en los practicantes del coaching… encontramos sin cesar llamamientos a ser transparentes, a ejercer la confianza, a alcanzar la felicidad, etc.; temas, por cierto, que tienen una amplia repercusión a través de la proliferación de frases supuestamente ingeniosas (y vacías de contenido) en las redes sociales. Pero, ¿qué hay detrás de todo ello?

No voy a negar que la reivindicación de transparencia, como oposición a prácticas públicas y/o privadas de fraude y corrupción, tenga sentido; como también la reivindicación obrera a las empresas que piden entrega e implicación a sus miembros para alcanzar sus fines. Pero sí voy a afirmar que la conminación a la transparencia hacia las personas, tan brutalmente presente hoy en discursos y prácticas sociopolíticas, psicoanalíticas y religiosas, contiene en su seno la trampa de la subsunción alegre al Poder. Estamos viviendo la sociedad de la impotencia y la indignación, de la “gran derrota” de los sueños de liberación de mediados del siglo pasado; la promesa de liberación a través del “sea usted mismo” y sea transparente para los demás es una trampa que profundiza en la dependencia y en la sumisión inconsciente a las dinámicas del Sistema imperante.

¿Por qué? En primer lugar, porque la exigencia de transparencia para el ser humano es ontológicamente absurda: “En efecto, la transparencia constituye la negación del ser en su pretensión de plenitud. No es sólo el efecto de superficie, tan común en nuestras relaciones (se denomina superficial a alguien que sólo ofrece superficie al exterior), sino que implica la inexistencia de cualquier pliegue, de cualquier interior insondable, muchas veces para el propio sujeto.  Es decir, el sujeto transparente no puede ser visto, tocado, odiado, amado… ¡sólo se pasa a través de él! Los ángeles son los seres transparentes por excelencia porque no existen y, curiosamente, cuando adquieren corporeidad es para revelar el secreto del Señor (la Anunciación, la Fuga, etc.).” (3)

Para decepción de los apóstoles de la transparencia, que la consideran un “descubrimiento” del coaching empresarial de última hora, tenemos que recordar que este concepto está omnipresente en toda la civilización judeocristiana: “Una de sus bases es que todas las criaturas somos transparentes para Dios, no podemos escapar ni a su mirada ni a su escrutinio, nuestros más profundos deseos y pensamientos son visibles para Él. Y aquí se produce el desequilibrio absoluto de poder, como no podía ser menos tratándose de Dios: Los designios divinos son insondables, no existe transparencia alguna, sólo la espera expectante, paciente o desesperada (como se da en Job a la vez).” (4) Y a ello podemos ir añadiendo prácticas como la confesión de los penitentes católicos, el panóptico de Bentham o el psicoanálisis, en las que el ser humano tiene que presentar su desnudez ante los ojos de su confesor, su carcelero o su psicoanalista, para así poder “vaciarse”, sacar todo su ser a la superficie, mostrarlo pública o privadamente, como forma de redención de la culpa. Y recurro a Foucault para expresar esta idea:

“La confesión manumite, el poder reduce al silencio; la verdad no pertenece al orden del poder y en cambio posee un parentesco originario con la libertad <…> Es preciso que uno mismo haya caído en la celada de esta astucia interna de la confesión para que preste un papel fundamental a la censura, a la prohibición de decir y de pensar; también es necesario haberse construido una representación harto invertida del poder para llegar a creer que nos hablan de libertad todas esas voces que en nuestra civilización, desde hace tanto tiempo, repiten la formidable conminación de decir lo que uno es, lo que ha hecho, lo que recuerda y lo que ha olvidado, lo que esconde y lo que se esconde, lo que uno no piensa y lo que piensa no pensar. Inmensa obra a la cual Occidente sometió a generaciones a fin de producir –mientras que otras formas de trabajo aseguraban la acumulación del capital- la sujeción de los hombres; quiero decir: su constitución como ‘sujetos’, en los dos sentidos de la palabra.”

La conminación a la transparencia es, pues, una conminación al sometimiento (a la sujeción, que dice Foucault) al poder instituido, instituyendo un sistema desequilibrado: Unos debemos ser transparentes para que otros, a través de nuestra transparencia, aumenten su poder de sujeción y dominio: Ellos ni tienen que, ni deben ser, “transparentes”.

El poder del secreto

La transparencia, lógicamente, exige la revelación del secreto, bajo la pena de culpa, de aquello inconfesable, no revelable, que pesará sobre nuestras conciencias mientras no seamos capaces de manifestarlo:

“Todos los seres humanos presentamos un efecto de superficie en aquello que revelamos o que desearíamos revelar, con más o menos fortuna; pero todos tenemos innumerables pliegues internos que, conocidos, intuidos, o completamente desconocidos por nosotros mismos, operan en nuestras conductas y nuestras relaciones. Pues, ¿qué es el inconsciente sino aquello que, en nosotros mismos, nos permanece inaccesible? Es decir, nunca somos transparentes, nunca podemos serlo aunque quisiéramos, somos opacos hasta para nosotros mismos. Y ahí radica la potencia del secreto.
¿Por qué, pues, es tan temido el secreto? Porque constituye una potencia no realizada, pero latente; es una potencia por venir, capaz de reescribir el pasado volcándolo de una forma nueva e intempestiva sobre el futuro. Es decir, no es tanto el secreto lo amenazante en su potencial de cambio inesperado, como la posibilidad en él contenida de la revelación (es la revelación lo que provoca la tragedia en Hamlet –el espectro-, en Macbeth –las brujas-, o en Edipo –el oráculo-, por citar sólo algunos casos).”
(6)

Y, así, la potencia vital se manifiesta de una forma bien distinta de la transparencia: Es la máscara lo que la constituye. En palabras de Nietzsche (7):

“Todo lo que es profundo ama la máscara; las cosas más profundas de todas sienten incluso odio por la imagen y el símbolo. <…> No es sólo perfidia lo que se oculta detrás de una máscara –hay mucha bondad en la astucia. <…> Todo espíritu profundo necesita una máscara; más aún, en torno a todo espíritu profundo va creciendo continuamente una máscara.”

Lo nuevo, lo que está por venir, no está, pues, contenido en la transparencia, sino en el pliegue, en el secreto desvelado que hace irrumpir violentamente el pasado oculto en el presente, transformando el futuro; es decir, en lo que una máscara ha venido ocultando de forma actuante. De forma que Han puede exclamar: “Así, la transparencia va unida a un vacío de sentido. La masa de la comunicación y la información brota de un horror vacui.” Para añadir: “La sociedad de la transparencia es un infierno de lo igual.” (8)

 

Notas

(1)  B. C. Han “La sociedad de la transparencia” Herder (2013)
(2)  A. Vázquez “Transparencia y poder” en http://www.hobest.es/blog/2011/06/24/transparencia-y-poder
(3)  A. Vázquez Op. cit.
(4)  A. Vázquez Op. cit
(5)  M. Foucault “Historia de la sexualidad 1. La voluntad de saber.” SIGLO XXI (2009)
(6)  A. Vázquez Op. cit
(7)  F. Nietzsche “Más allá del bien y del mal” Alianza (1972)
(8)  B. C. Han Op. cit


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