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Libros para siempre (¿El fin del libro como lo conocemos?) - Artículo

¡Abuelo!... Pero, ¿Ya estamos otra vez? Últimamente Jorge, su nieto, lo entendía cada vez menos. Serían manías suyas, pero... no, no puede ser que ande tan confundido, ¿cosas de la edad? El abuelo Fermín siempre había sido una persona lúcida, con la sabiduría que dan cultura y años, como él solía decir… Jorge disfrutaba escuchando sus historias, ¿viejas? Sí. ¿Reales? Qué más da, bellas siempre. Historias, de un mundo el que la realidad se podía tocar… El abuelo decía que no existía internet, que la gente leía en libros, libros de papel. Y es que el abuelo contaba muy viejas historias…

Pero ahora, parecía que un extraño delirio se lo estaba llevando como la resaca se nos lleva mar adentro en la playa; poco a poco, se iba alejando de la realidad…

-Así no era ese párrafo Jorge…  Por favor escúchame... ¡Así no era...!

-Abuelo, mira, está aquí ¿no lo ves? Lee conmigo…  ¡Está claro! Espera que haga la pantalla más grande…

Con un ligero movimiento de los dedos,  esta creció adaptándose al tamaño adecuado para que Fermín pudiera leer sin dificultad…

-¿Lo ves abuelo? Léelo en voz alta ¡anda! Y convéncete de que es así.

Insistía con infinita paciencia el nieto, pero él continuaba aferrado a su realidad…

-Te digo que no, no era así, lo recuerdo muy bien, ¡esa frase no era así!

-Pero Abuelo  ya te lo he dicho mil veces, parece que tienes manía a este libro, ya lo has comprobado en tu lector, en el mío y en el de mamá… en cinco bibliotecas de la nube diferentes, el párrafo ES así…

-Pues yo te digo que NO...  Así no es,  te lo voy a demostrar…

Se levantó con dificultad de su sillón, y poco a poco se fue acercando a la lámpara del salón, solo era decorativa, testigo de otro tiempo nunca se encendía, ya hacía tiempo que se utilizaban otros sistemas mejores para iluminar las casas... Cuando estuvo debajo la señaló con su tembloroso dedo y dijo:

-Mira ahí.

-¿Qué dices abuelo?, ¿Qué quieres?

-Súbete a la silla y mira AHÍ, dentro de la lámpara.

Jorge, sorprendido, no se lo pensó mucho, acercó una silla y de puntillas tanteando con las manos dio con algo desconocido para él…

-Un libro… de los de verdad.

Lo miró incrédulo, nunca había visto ninguno, lo abrió, después de observar sus tapas amarillas, tan amarillas como eran sus páginas por el peso de los años…

-¡Capítulo 21, página 87! –gritó el abuelo- ¿Qué pone?... ¡Léelo!

Buscó la página, y dijo en voz alta:

-“He aquí mi secreto. Es muy simple: no se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos”. ¿Lo esencial es invisible a los ojos?, repitió

No podía ser, la frase era muy parecida, siniestramente parecida, pero con un leve matiz que cambiaba por completo su significado... Cogió su lector, conectó con la nube, buscó el proveedor de más confianza que conocía, y tras dar con el párrafo leyó, abriendo mucho los ojos:

-“Pero lo esencial es visible a los ojos”.

El libro debía de estar equivocado, el contenido de la nube estaba contrastado… la Verdad estaba ahí, en la nube…

-Jorge –dijo el Abuelo- no sé si hoy la Verdad está en la nube... Pero los libros, viven más arriba, viven con las estrellas.

El abuelo fijó su vieja mirada en la nada, una pequeña lágrima brotó de sus ojos y sonrió al fin…

 

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