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Mal de escuela (Reseña del libro de Daniel Pennac)

Autocrítica demoledora de un profesor hacia su propia profesión. Como zoquete original que fue, el autor francés les pide a los profesores que vean a los peores alumnos como la norma, que se vuelquen en ellos, que los rescaten. Pues esa es su misión. Una misión que llevan a cabo a contracorriente del resto de la sociedad, consumista, esclavizadora del ser humano. Como directivos y padres, pocas veces nos ponemos en la piel de los profesores, o incluso de nuestros hijos cuando fracasan en el colegio. Este libro nos permite habitar su piel.

Reseña-crítica

"Estadísticamente todo se explica, personalmente todo se complica"
"Eh, amigo mío, sácame del peligro. Más tarde soltarás tu arenga"
"Un adolescente instalado en la convicción de su nulidad es una presa"
"¿Miedo a la gramática? Hagamos gramática. ¿Falta de apetito por la literatura? ¡Leamos!"
"Y fundamental: cuando Montesquieu está en clase, estamos a Montesquieu"
"Queremos hacer creer a los alumnos que sólo cuentan los primeros violines"
"El derecho del niño es ser un hombre; lo que hace al hombre es la luz; lo que hace la luz es la instrucción" (Victor Hugo)

 

• Este libro no es sobre la escuela y sus problemas, es sobre el zoquete, el mal estudiante. Es un libro sobre el dolor de no comprender. De esto no se habla, y es precisamente lo que no cambia: el dolor compartido del zoquete, sus padres y sus profesores, la interacción de esos pesares de escuela.

• El libro parte de la historia personal del autor que era un solemne alcornoque. El origen de su pasmo no es atribuible a los padres (buenos trabajadores, no divorciados) ni a la familia (tres hermanos no brillantes pero responsables), etc. No había una causa formal. Estaba sencillamente atascado donde los demás no se atascaban.
 
• En resumen, un tarugo, un zote, un burro, que vive en soledad y vergüenza, la del alumno que no comprende, perdido en un mundo donde todos los demás comprenden.

• En la sociedad donde vivimos, un adolescente instalado en la convicción de su nulidad es una presa.

• Y sin embargo salió adelante como maestro. Los profesores que le salvaron no estaban formados para hacerlo. No se preocuparon de los orígenes de su incapacidad escolar. No perdieron el tiempo buscando sus causas ni tampoco sermoneándole. Eran adultos enfrentados a adolescentes en peligro. Se dijeron que era urgente. Se zambulleron. No lograron atraparle. Se zambulleron de nuevo, día tras día, más y más... Y acabaron sacándole de allí. Y a muchos otros con él. Literalmente, les repescaron. Les deben la vida.

El Zoquete

• Como profesor, suele recibir muchas llamadas de padres desesperados. Suelen ser llamadas de madres. Y casi siempre por el hijo, porque la hija rinde mejor. A decir verdad todas sienten cierta vergüenza, y todas están preocupadas por el porvenir de su muchacho: «Pero ¿qué va a ser de él?».

• Él les trata de reconfortar con un chiste: "¿Sabe usted el único modo de hacer que se ría el buen Dios?... Cuéntele sus proyectos".

• Más anécdotas:

—A mi hijo le falta madurez.
—Tengo la solución. Aguarde.
— ¡Pero ese chico no puede pasarse todo el día jugando!
(A la mañana siguiente Pennac se cruzó con el mismo padre por la calle. El mismo traje, la misma rigidez, la misma cartera. Pero iba en patinete).

• Los síntomas del zoquete son pérdida de confianza en uno mismo, renuncia a cualquier esfuerzo, incapacidad para la concentración, dispersión, mitomanía, constitución de bandas, alcohol a veces, drogas también, supuestamente blandas.

• Por cierto, ¿adónde llegan los alumnos que han llegado? Muchos de los que no eran zoquetes, sin embargo, se encuentran con finales abruptos a su carrera, otrora interrumpida. Estos dramáticos finales de carrera evocan una angustia bastante comparable, a su entender, al tormento del adolescente incapaz. Los dos viven el paso del tiempo con dolor.

• Su primer salvador fue un profesor de francés, quien le descubrió como lo que era: un fabulador sincera y alegremente suicida de catorce años. Pasmado, sin duda, ante su capacidad de forjar excusas cada vez más inventivas para las lecciones no aprendidas o los deberes no hechos, decidió exonerarle de las redacciones para encargarle una novela. Por primera vez en toda su escolaridad un profesor le concedía un estatuto.

• Dio con tres más de estos genios entre los catorce y los dieciocho, en que repitió el último curso: un profesor de matemáticas que era las matemáticas, una pasmosa profesora de historia que practicaba como nadie el arte de la encarnación histórica, y un profesor de filosofía a quien admira más si cabe por cuanto no guarda recuerdo alguno de Pennac. Eso lo engrandece todavía más, puesto que despertó su espíritu sin que deba él nada a su estima, sino todo a su arte.

• El resultado fue un nuevo profesor para la escuela, y no el más brillante. Sin oposición, volvió al lugar del crimen, a ocuparse de críos que caían en la oscuridad.

La solución: los profesores

• La escuela la hacen, en primer lugar, los profesores.

• También los profesores experimentan una sensación de perpetuidad: repetir indefinidamente las mismas clases ante aulas intercambiables, derrumbarse bajo el fardo cotidiano de los deberes… la monotonía es la primera razón que los profesores invocan cuando deciden abandonar el oficio.

• Para rescatar a los zoquetes, los profesores deben disponer de una serie de cualidades:

o La pasión comunicativa de su materia. No es que se interesen por el zoquete más que por los otros. Toman en consideración tanto a los buenos como a los malos alumnos.

o Tenaces: una vez agarraban, jamás soltaban la presa.

o Deben ser artistas en la transmisión de su materia. Transmisión de un saber dominado hasta el punto de pasar casi por creación espontánea.

o Y, una vez en casa ya, al margen de la corrección de nuestros exámenes o la preparación de sus clases, no debían de pensar mucho en los alumnos.

• Cuando los profesores jóvenes se sienten desalentados por una clase, se quejan de no haber sido formados para ello. Son reivindicaciones por completo justificadas, a las que los sucesivos ministerios oponen las limitaciones del presupuesto.

• Hoy precisamos más que nunca el dominio de la comunicación con los alumnos.

• La idea de que es posible enseñar sin dificultades se debe a una representación etérea del alumno. La prudencia pedagógica debería representarnos al zoquete como al alumno más normal: el que justifica plenamente la función de profesor puesto que debe enseñárselo todo, comenzando por la necesidad misma de aprender.

• A todos los alumnos hay que inculcarles la máxima de que "hay que conseguirlo para comprender" (Piaget).

• Los profesores no están preparados para la colisión entre el saber y la ignorancia. El problema que tienen es una incapacidad absoluta para comprender el estado de ignorancia en el que se cuecen sus zoquetes, puesto que ellos mismos eran buenos alumnos, al menos en la materia que enseñan. Se les pide que salven a unos mocosos que no tienen medios ni para pedírselo a los profesores. ¡Es el curro de maestro!

• No son métodos lo que faltan, sólo se habla de métodos. En el fondo, sabemos que falta algo: el amor. No se trata de ese amor. Una golondrina aturdida es una golondrina que hay que reanimar; y punto final.

El Internado

• El autor tuvo que ir a un internado. Hoy es prácticamente impensable. Parece un castigo eterno para los hijos y un abandono de la paternidad. Si lo mencionas, pasas a ser un monstruo retrógrado, defensor de la prisión para zoquetes. Pero tiene sus ventajas:

o En clase, el zoquete se pasa el día mintiendo, justificando sus faltas. Esta actividad mental moviliza una energía que no puede compararse con el esfuerzo que necesita el buen alumno para hacer bien los deberes. En un internado el zoquete ya no tiene que justificarse. Supone, pues, un incalculable ahorro de energía vital.
o El internado instala al alumno en dos temporalidades distintas: la escuela del lunes por la mañana al viernes por la tarde, la familia durante los fines de semana. Un grupo de interlocutores durante cinco días laborables, el otro durante dos días festivos (que recuperan la posibilidad de volver a ser dos días de fiesta). La realidad escolar por un lado, la realidad familiar por el otro. Dormirse sin tener que tranquilizar a los padres con la mentira del día, despertar sin tener que inventarse excusas por el trabajo no hecho…

• Y finalmente, a entender de Pennac, los mejores internados son aquellos en los que los profesores también están internos.

¿Qué hacer?

• Nuestros «malos alumnos» (de los que se dice que no tienen porvenir) nunca van solos a la escuela. Lo que entra en clase es una cebolla: unas capas de pesadumbre, de miedo, de inquietud, de rencor, de cólera, de deseos insatisfechos, de furiosas renuncias acumuladas sobre un fondo de vergonzoso pasado, de presente amenazador, de futuro condenado. Llegan con el cuerpo a medio hacer y su familia a cuestas en la mochila. En realidad, la clase sólo puede empezar cuando dejan el fardo en el suelo y la cebolla ha sido pelada. Es difícil de explicar, pero a menudo basta una mirada, una palabra amable, una frase de adulto confiado, claro y estable, para disolver esos pesares, aliviar esos espíritus, instalarlos en un presente rigurosamente indicativo. Naturalmente el beneficio será provisional, la cebolla se recompondrá a la salida y sin duda mañana habrá que empezar de nuevo. Pero enseñar es eso: volver a empezar hasta la necesaria desaparición como profesor.

• ¿Cómo sacarlos de ahí? Los males de gramática se curan con la gramática, las faltas de ortografía con la práctica de la ortografía, el miedo a leer con la lectura, el de no comprender con la inmersión en el texto. Pennac heredó esta convicción de su propia escolaridad.

• Y algo fundamental: cuando Montesquieu está en clase, estamos a Montesquieu.

• Es difícil conseguir centrar a los alumnos durante tantas horas. Sobre todo a los zoquetes. Estas diferencias no tienen demasiada incidencia en la atención de los buenos alumnos. Estos gozan de una bendita facultad: cambiar de piel de buen grado, en el momento adecuado. Su velocidad de encarnación es lo que distingue a los buenos alumnos de los alumnos con problemas.

• Por eso es crucial entender que la presencia de los alumnos depende estrechamente de la del profesor: su presencia en la clase entera y en cada individuo en particular. La presencia del profesor que habita plenamente su clase es perceptible de inmediato. Los alumnos la sienten desde el primer minuto del año.

• No es de extrañar, por tanto, que la primera cualidad de un profesor es el sueño. El buen profesor es el que se acuesta temprano.

• Otros profesores a los que entrevistó Pennac también aportaron su granito de arena:

o No hablar nunca más fuerte que los alumnos, ese es el truco.

"Cuando estoy con ellos o con sus exámenes, no estoy en otra parte. Pero, cuando estoy en otra parte, no estoy ni una pizca con ellos".

"No puedo prescindir de pasar lista. La lista es el único momento del día en que el profesor tiene la ocasión de dirigirse a cada uno de sus alumnos, aunque sólo sea pronunciando su nombre".

o Hacer filas antes de entrar en clase instala a los alumnos en el silencio, dándoles tiempo para aterrizar en el curso, para comenzar con calma.

• Cada alumno toca su instrumento, no vale la pena ir contra eso. Lo delicado es conocer bien a nuestros músicos y encontrar la armonía. Una buena clase no es un regimiento marcando el paso, es una orquesta que trabaja la misma sinfonía. Hay algunos que tocan el pequeño triángulo que sólo sabe hacer ring ring, o el birimbao que sólo hace bloing bloing, todo estriba en que lo hagan en el momento adecuado, lo mejor posible, que se conviertan en un triángulo excelente, un birimbao irreprochable, y que estén orgullosos de la calidad que su contribución confiere al conjunto. Puesto que el gusto por la armonía les hace progresar a todos, el del triángulo acabará también sabiendo música, tal vez no con tanta brillantez como el primer violín, pero conocerá la misma música.

• El problema es que queremos hacerles creer en un mundo donde sólo cuentan los primeros violines.

• Con los zoquetes, hay que tener la paciencia de volver a empezar de cero. Sí, incluso con alumnos de trece años. Nunca es demasiado tarde para volver a empezar de cero, se piense lo que se piense de los imperativos del programa.

• Pennac se ayudaba de juegos gramaticales: organizaba campeonatos de diccionario, una especie de recreo deportivo. Complementados con el dictado, eran una poderosa herramienta de formación. Gracias a ellos se podían detectar fracasos debidos siempre a una causa extraescolar: una dislexia, una sordera no descubierta… La gramática es la primera herramienta del pensamiento organizado.

• Un audiograma y una revisión exhaustiva de la vista deberían ser obligatorios antes de que el alumno empezara la escuela. Evitarían los juicios erróneos de los profesores, paliarían la ceguera de la familia y liberarían a los alumnos de inexplicables dolores mentales.

• También Pennac hacía uso intensivo de la memoria. ¿Y por qué no aprender de memoria textos maravillosos? No se puede explicar el desprecio que se siente hoy por cualquier recurso a la memoria. "Aprendiendo de memoria, no suplo nada, añado algo al todo". Al hacer aprender tantos textos a los alumnos, de todas las edades (uno por semana laboral y cada uno de ellos recitado todos los días del año), los zambullía vivitos y coleando en la gran oleada de la lengua. Algún padre se enfadaba, porque "por qué memorizar si hoy todo está al alcance de un clic", pero Pennac contra-argumentaba: toda esa belleza en la cabeza de sus hijos no va a impedirle chatear fonéticamente con sus amiguitos en red.

• Y finalmente, la lectura. Porque el placer de leer es una herencia de la necesidad de decir.

• Y siempre durante años trató de convencer a sus alumnos más abandonados por ellos mismos de que la cortesía predispone a la reflexión más que una buena bofetada, de que la vida en comunidad compromete, de que el día y la hora de entrega de un ejercicio no son negociables, de que unos deberes hechos de cualquier modo deben repetirse para el día siguiente, de que esto, de que aquello, pero de que nunca, jamás de los jamases, ni sus colegas ni él les dejarían en la cuneta. Y todos los ejercicios, además, contaban. Porque todo trabajo merece salario. Trabajo no entregado, la tarifa habitual: el cero.

• Sea cual sea la materia que enseñe, un profesor descubre muy pronto que a cada pregunta que hace, el alumno interrogado dispone de tres respuestas posibles: la acertada, la errónea y la absurda. Uno de los malentendidos de mi escolaridad se debe sin duda al hecho de que mis profesores evaluaban como erróneas mis respuestas absurdas.

• Ahora bien, la condición sine qua non para liberar al zoquete del pensamiento mágico es negarse categóricamente a evaluar su respuesta si es absurda. La respuesta absurda se distingue de la errónea en que no procede de ningún intento de razonamiento. La respuesta absurda constituye la diplomática confesión de una ignorancia que, a pesar de todo, intenta mantener un vínculo.

• Al aceptar tomar por erróneas las respuestas absurdas del alumno, se le deja de considerar alumno, se convierte en un sujeto fuera de contexto al que se relega al limbo del cero perpetuo. Pero al hacerlo, el profesor se anula a sí mismo: su función pedagógica cesa ante esa chica o ese chico que se niega a desempeñar su papel de alumno.

La Sociedad y los inmigrantes

• Vivimos en el "jovencismo". Nuestra época se ha impuesto el deber de la juventud: hay que ser joven, pensar joven, consumir joven, envejecer joven, la moda es joven, el fútbol es joven, las radios son jóvenes, las revistas son jóvenes, la publicidad es joven, la tele está llena de jóvenes, internet es joven, el famoseo es joven, los últimos supervivientes del baby boom han sabido permanecer jóvenes, hasta nuestros políticos han acabado rejuveneciendo. ¡Viva la juventud! ¡Gloria a la juventud! ¡Hay que ser joven! Siempre que no se sea un niño inmigrante de los arrabales parisinos. Hoy, y por primera vez en nuestra historia, toda una categoría de niños y adolescentes son, cotidiana, sistemáticamente, estigmatizados como zoquetes emblemáticos: los inmigrantes. Zoquetes y peligrosos: la escuela son ellos, puesto que sólo se habla de ellos cuando se habla de la escuela. Puesto que sólo se habla de la escuela para hablar de ellos.

• Hoy, además, son niños clientes. Su única aspiración es consumir. Cambiar de producto, querer lo nuevo, más que lo nuevo, el último grito. ¡La marca! Es muy fácil burlarse de su necesidad de ser vistos, puesto que están tan ocultos para el mundo y tienen tan poco que ver.

• También hay zoquetes a los que no rescatamos, ni siquiera jugando. Es rarísimo pero existe. En la escuela como en cualquier otra parte. En veinticinco años de enseñanza, entre dos mil quinientos alumnos poco más o menos, he debido de encontrármelo una o dos veces.

• La diferencia fundamental entre los alumnos de hoy y los de ayer debe buscarse en otra parte: no llevan los jerséis viejos de sus hermanos mayores. ¡Esta es la verdadera diferencia!

• Hoy en día existen en nuestro planeta cinco clases de niños: el niño cliente entre nosotros, el niño productor bajo otros cielos, así como el niño soldado, el niño prostituido y, en los paneles curvos del metro, el niño moribundo cuya imagen, periódicamente, proyecta sobre nuestro cansancio la mirada del hambre y del abandono. Son niños, los cinco. Instrumentalizados, los cinco.

 A los nuestros, los niños de occidente, hay que vaciarles la cabeza para formarles el espíritu. La escuela de la República sigue siendo hoy el último lugar de la sociedad de mercado donde el niño cliente tiene que pagar con su persona: saber a cambio de trabajo.

Los mejores alumnos

• Pennac también quiso dedicarle unos párrafos a sus mejores alumnos, los que él denomina alumnos "golosina". Le ayudaban a descansar de los demás. Y le estimulaban. Pero esos alumnos brillantes también tienen sus propios tormentos: no defraudar las expectativas de los adultos, molestarse por ser sólo segundo cuando el cretino de Fulano monopoliza el primer lugar, adivinar las limitaciones del profesor con sólo pisar su aula y, por lo tanto, aburrirse un poco en clase…

TRANSPARENCY VOW

El autor de este resumen no conoce al autor del libro ni tiene relación con la editorial.

Sobre el autor

Escritor francés de origen italiano, fue maestro hasta que dejó su profesión por la de escritor. Su novela "La felicidad de los ogros" es la primera en una serie que le hizo conocido internacionalmente. Es autor también de un célebre ensayo sobre la lectura titulado "como una novela".

El libro reseñado anteriormente recibió el premio Renaudot. Su título original es "Chagrin d'Ecole".

 

 

Título del libro
"Mal de Escuela"
Editorial: Mondadori
Autor: Daniel Pennac
1ª edición: 2008 (2007 en Francia)
255 páginas
Precio: 8,50 euros

Adjunto
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