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LA SINGULARIDAD (NOTA TÉCNICA)

Los ordenadores están a punto de alcanzar la capacidad de proceso de nuestro cerebro. Crecen exponencialmente, tanto que en unas decenas de años se anticipa una situación parecida a las singularidades en el espacio asociadas a los agujeros negros, que todo lo absorben en un torbellino. Tales máquinas podrán replicar lo que nuestro cerebro puede hacer. Podremos descargar sobre ellas todo el contenido de nuestro cerebro, recuerdos, emociones, pensamientos, intenciones, gustos. Quizá nosotros mismos, piensan algunos, que se ven así liberados de la muerte. ¿Ficción científica, una más? Pero son científicos que no fingen quienes trabajan en ello, aunque pueden equivocarse.VENTANAS AL FUTURO La Singularidad Tecnológica José María Vázquez Quintana  Treinta, cincuenta años más adelante los humanos tendremos máquinas que superen la capacidad de nuestro cerebro, unos 10.000 billones de operaciones por segundo. Podremos replicar en ellas nuestra capacidad de sentir, de darnos cuenta, de ser conscientes. Los optimistas se ven descargando en ellas sus recuerdos, sus gustos, los rasgos de su carácter, su personalidad entera. Lo que ocupa su cerebro, tan lábil, podrán transferirlo a una máquina más robusta que podrá reemplazarse cuando vaya quedando vieja. Allí vivirán los optimistas más allá de la muerte física de un cerebro gastado, que es donde ahora parece residir todo nuestro yo.  Los creyentes ven una raza de máquinas más inteligentes que nosotros y capaces de crear otras máquinas aún mejores, que acabarán desplazándonos de nuestro lugar en el mundo. Los precavidos se preparan para que La Singularidad no se escape de nuestro control.  Esa es La Singularidad que nos espera, una ruptura brusca con la evolución acelerada que hemos hecho hasta ahora, tomando el nombre de las singularidades del espacio físico que representan los agujeros negros a cuyo vértigo nada resiste ni escapa. En esa Singularidad trabaja un conjunto de científicos de extracción cercana a la informática pero bien acompañados de otras profesiones.  A mi ver, hay dos grandes planos que aún no se concilian en esta visión. Capturar y procesar información, obteniendo conclusiones al modo en que lo hace un cerebro, es uno de ellos. Replicar en una máquina la capacidad de ser consciente, de conocer, de sentir de un humano -incluso aunque todo eso esté contenido en el cerebro- es otro plano bien diferente. No siempre veo bien delimitados ambos campos entre quienes cultivan esta actividad, y, quizá por ello, abunda la disparidad de opiniones entre los científicos sobre qué se conseguirá. Una rápida revista a las áreas de trabajo no basta para hacerse una idea global de aquello que nos espera, porque no aclara si lo que cada uno pretende encaja en un sistema general, pero al menos despierta curiosidades y abre una ventana sobre nuestro futuro. La Ley de Moore Cada dos años la capacidad de los circuitos integrados se duplica. Esta regla la enunció en1965 Gordon E. Moore, que fue cofundador de Intel y de Fairchild Semiconductors, y se cumple tan sorprendentemente bien que ha adquirido el título de Ley. Hemos pasado del germanio al silicio, del transistor al circuito integrado, de las decenas de micras a las submicras, pasamos por los nanotubos y exploramos las posibilidades del grafeno tendido en capas de un átomo de espesor, y nos asomamos a las propias células con su wetware -ni hardware ni software. La Ley de Moore tiene una larga vida por delante.  El computador Blue Gene/P de IBM, alcanzó ya la capacidad de procesar un tercio de lo que puede hacer un cerebro humano. Incluso contando con que esté mal estimada, por lo bajo, la capacidad del cerebro, pero duplicándose cada dos años la de los ordenadores ¿cuánto tardarán en alcanzarla y superarla? Nadie lo discute. Atrás quedaron las dudas sobre la capacidad de un ordenador frente a un maestro del ajedrez.  Pero jugar al ajedrez es una cosa sujeta a reglas fijas, mientras que superar la capacidad de la mente humana quizá no sea sólo cuestión de cantidades y de velocidades con las que tratar reglas fijas. Quizá haya una brecha cualitativa que los entusiastas de La Singularidad no quieran reconocer hasta que no tropezaran con ella. La Prueba de Turing Aunque propuesta por Alan Turing en 1950, esta prueba aún parece la referencia que todos adoptan a la hora de valorar si una “cosa” -máquina, persona, animal, sistema- piensa. Y si piensa, quizá conozca. Y si conoce, quizá sienta o pueda sentir. La prueba consiste en someterse a un interrogatorio inteligente, se supone que hecho por un humano que desprenderá de las respuestas su similitud con las propias de un ser consciente, hasta el punto de no poder distinguir a una máquina que así respondiera de un ser humano. La máquina piensa, se ha decidido, si pasa con éxito la prueba. La inteligencia artificial, los sistemas que aprenden de sus experiencias, extensión de los antiguos y deslustrados sistemas expertos, están ya lo suficientemente estudiados como para entrever que serán realizables máquinas capaces de pasar la prueba de Turing.  Los más avanzados creen que las máquinas podrán ser conscientes. No faltan biólogos entre los que defienden esta posibilidad. De su experiencia con personas muy deterioradas físicamente, hasta el punto de romper la relación entre cerebro y el resto del cuerpo y sus funciones, llegan a la convicción de que la conciencia no requiere mucho de lo que aportan los sentidos ni el resto de las funciones corporales. Se puede pretender una máquina consciente sin necesidad de emular mucho de lo que asociamos al comportamiento humano. Eso facilita las cosas. Proponen una nueva prueba de Turing para determinar si una máquina tiene conciencia. Suponen que la capacidad de conocer se determina por la capacidad de percibir y seleccionar algunos rasgos del exterior y asimilarlo a una de las escenas complejas que residen en la propia máquina. La máquina debe disponer de una enorme cantidad de información interna, que será evocada como estados internos completos ante la percepción de ciertos rasgos. Así, cuando la máquina perciba como rasgos significativos dos hombres con sendas raquetas, una pelota en el aire, una red sobre un terreno acotado, evocará la imagen completa, residente en su interior, de un partido de tenis con todos sus acompañamientos: habilidad, riesgo, nervios, premios, interés de muchas otras personas que las presentadas, difusión del espectáculo. Esta máquina sería capaz de pasar una nueva prueba de Turing en la que no podrá diferenciarse su capacidad de conocer de la de un humano. Las capacidades necesarias para conseguir algo parecido se cifran en cantidades astronómicas, pero son las cantidades que juegan en un cerebro humano, no más, y a la mano quedan ya. Por último, hay ya robots sociables, que manifiestan sentimientos hacia los demás y lucen como si los tuvieran propios, muy rudimentarios aún pero que ilustran la falta de barreras ante un avance que no tiene por qué pasar de lo meramente cuantitativo a lo cualitativo en su desarrollo. Y el crecimiento cuantitativo nos lo asegura la Ley de Moore.   El software al socorro Los ingenieros, al menos los antiguos, nos reconocemos especialmente competentes para realizar sistemas hardware: Hacen lo que pretendemos y no nos sorprenden con reacciones que no tuviéramos bien presentes. Pero el software vino a introducir una flexibilidad que trajo lo borroso en muchos de sus comportamientos. Siempre fue difícil pronosticar cuándo y a qué precio resultaría un desarrollo de software, siempre resultó un problema intentar aprovechar para una aplicación un software desarrollado para otra, siempre cabía esperar reacciones completamente imprevistas en el software, aunque hiciera lo que se pretendía cuando nos manteníamos en los parámetros del diseño. Bendito software, tan rebelde que, aunque en algo progresa, queda lejos del imperativo de la Ley de Moore.  Y el software hace falta, de momento, como flujo animador de nuestras máquinas. Y el software no es precisamente la materia que las propias máquinas elaboran mejor. Ahí seguimos siendo preeminentes, quizá algo deficientes pero sin riesgos inmediatos de que nos superen otras criaturas.  En el software podremos escribir nuestra intención sobre las máquinas, su alcance y nuestro dominio. Cierto que puede darnos sorpresas y escaparse de los límites que pretendimos, pero hasta ahora las sorpresas del software son azarosas, sin pretensiones, erráticas, no susceptibles de alinearse con los intereses de una máquina inteligente frente a los nuestros. Es un alivio. La estructura combinatoria. Cuidado. Se intenta -se piensa más bien- hacer una “ingeniería inversa” sobre el cerebro. Se trataría de ver cómo hace las funciones que hace, qué partes intervienen, como se interconectan y qué sale de cada interacción, para replicarlo en máquinas futuras. Nuestros intentos han llegado sólo a capturar la acción de unas cuantas decenas de neuronas, y puede imaginarse lo lejos que estamos aún de dominar esta vía de conocimiento y de anticipar hasta dónde puede llevarnos, pero incluso lo poco conseguido ha dado unos resultados espectaculares.  Lo deslumbrante del cerebro es la flexibilidad de su estructura, las posibilidades que tiene de cambiar las pautas de interconexión entre neuronas, y la complejidad de los comportamientos y reacciones que pueden obtenerse de ello. El aprendizaje, la memoria y sus efectos, los sentimientos evocados por un hecho nuevo que reacciona con unas vivencias acumuladas, parecen necesitar de aquella flexibilidad estructural para existir.  Sistemas abiertos, flexibles, creados con capacidad de actuar sobre otros y reaccionar a los estímulos de otros, quizá dotados de criterios de prioridad que puedan atender a su supervivencia (El PC que se ocupa de guardar los datos necesarios antes de obedecer a una instrucción de apagado, o el robot que busca el enchufe cuando su batería comienza a agotarse) pueden combinarse de formas tan variadas que desbordan a todo lo que pueda estudiarse con antelación. Ahí aparecen dos rasgos inquietantes si lo que inquieta a su autor, el hombre, es mantener el control de las situaciones que crearán sus criaturas. Uno de ellos es lo impredecible de las situaciones. Diez máquinas que puedan combinar sus resultados, capaces cada una de dar diez resultados diferentes alcanzan la cifra de 10.000 millones de combinaciones -variaciones con repetición diría un purista- posibles. La potencia de la combinación es desbordante, incluso para el autor del sistema. Es mucho más fácil crear un sistema combinatorio que predecir, e incluso dominar y acotar todas sus manifestaciones. El segundo rasgo inquietante tiene que ver con los criterios de supervivencia que se inyecten en el sistema, que le marcará prioridades en sus operaciones orientadas ahora por unos criterios generales pero aplicados a cualquiera de las múltiples e imprevistas situaciones en las que puede dar. Se especula, por ejemplo, con intentar dotar a los nuevos sistemas de criterios que les permitan crear otros sistemas como ellos, pero más capaces, más inteligentes, y que vayan desechando aquellas soluciones que no signifiquen progreso. ¿Seremos nosotros desechados en una rutinaria pero imprevista revisión de nuestras capacidades ya superadas? Suenan a ciencia ficción estos temas, y de hecho acaban parando ahí. En breve se estrenará la película “The Singularity is near” basada en el libro del mismo título de Raymond Kurzweil, que es uno de esos inventores en áreas muy avanzadas (reconocimiento de formas, por ejemplo) que tiene la gracia de hacer dinero con ello, indicio de que no le falta sentido práctico ni apego a la realidad. Es uno de los convencidos de que el paso siguiente en nuestra evolución  será la liberación de las limitaciones físicas que afectan a nuestra mente, tanto en lo que dura su vida como en sus capacidades. Los maledicentes, o no tanto, aseguran que ve tan cerca ese nuevo paso que se está preparando para llegar allí, y que se cuida como nadie. Realmente, encuentro muchos más escépticos sobre la posibilidad de crear, recrear e incluso dejar registradas mentes humanas en máquinas por poderosas que sean, quizá porque no veo ni siquiera abordada a mi gusto la cuestión de la conciencia, en qué consiste y cómo opera. Veo una sustitución grosera de la mente y sus funciones por mucha información almacenada y procesada en medios poderosos, pero es como si me faltara una clase diferente a la lógica pura y a la poderosa combinatoria para encontrar que nuestra conciencia pertenece a ella. Me conforta encontrarme tan bien acompañado en este escepticismo por científicos de la talla de un Roger Penrose, el más popular y quizá el más escéptico de todos, pero no deja de impresionarme la existencia de instituciones, cátedras y proyectos solventes dedicados a acelerar el momento en que ocurra La Singularidad, esa especie de aceleración bruscamente rompedora con lo anterior. Pues no creo, pero acabaré con el comentario final de otro escéptico, Glenn Zorpette, en su presentación de un número especial del IEEE Spectrum  sobre La Singularidad: “Bueno, y si a pesar de todo encuentra Vd. mi consciente descargado en algún paraíso virtual dentro de 50 años, le autorizo a que me diga: “te lo dije”. No tendré ningún inconveniente.”  José María Vázquez Quintana Madrid, 20 de junio de 2008
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