•   
  •   

La palabra (Entrevista con Fernando Sánchez Dragó)

A mí me gusta mucho cómo escribe Fernando Sánchez Dragó, pero todavía me gusta más cómo habla. A él no le agrada que se lo diga, pero es lo que pienso. Él dice que habla de una forma mucho más espontánea, y que en cambio, cuando escribe, puede tardar media hora en elegir una palabra: “Escribir es orfebrería”. Sánchez Dragó es una persona que vive de la palabra, que la utiliza en sus libros y artículos, en sus programas de televisión, en entrevistas y tertulias, en conferencias, en las más variadas situaciones. Es escritor, pero también es un hombre mediático, y sobre todo es un hombre-palabra.

— ¿La palabra es un don?

— No, la palabra es una conquista del mono que se yergue. Es inseparable del pensamiento y de la evolución. Aprendemos a pensar cuando aprendemos a hablar y viceversa.

— ¿Por qué se dice tanto que "la gente habla tan mal", incluidos los que deberían hablar bien, por ejemplo políticos y periodistas?

— No es que se diga, es que hablan mal. La culpa es de los planes de estudio, de la desaparición en ellos del latín y del griego, de la democratización de las normas de la Real Academia Española, y sobre todo, de la televisión, de la radio y de los calcos del inglés que se producen en el ámbito de la ciencia y de la economía. Desde todos esos ámbitos el error salta al román paladino, mediante el cual solía fablar con su vecino, y se convierte en mal ejemplo a imitar.

— ¿Cómo se podría remediar?

— No tiene remedio. La palabra nos condujo del mono al hombre, y ahora estamos regresando del hombre al mono. Los sms, por ejemplo, están creando escuela entre la juventud, son similares a los gruñidos del chimpancé. Para volver atrás habría que cerrar la tele, apagar la radio y regresar al bachillerato de don Pedro Sáinz Rodríguez, y, como nada de eso va a suceder, de ahí mi pesimismo.

— ¿Qué importancia crees que tiene el hábito de la lectura a la hora de hablar y escribir?

— Tanto como puede tenerlo el salir a la calle y hablar con la gente. Pero, por desgracia, rige ahora en el mundo la triple de LEM, a saber: 1, nadie lee; 2, los pocos que leen no entienden nada; 3, los pocos que entienden algo se les olvida rápidamente. Ya sólo cabe para el escritor, aplicar el verso de Machado: "Brinda, poeta, un canto de frontera a la muerte, al silencio y al olvido."

— ¿Cómo fue tu proceso personal hasta llegar al dominio de la palabra?

— Aprendí a leer a los tres años. A partir de ese instante leí una media de un libro al día. No he dejado de hacerlo. Los diccionarios, ya en la niñez, me apasionaban. Me sumergía en ellos como si fuesen novela. Además, salía a la calle cuando todavía se podía jugar en ella. Me gustaba mezclar el ruido de lo castizo con el de la alta cultura. En estos momentos, si me vieras, comprobarías, que estoy agazapado de una muralla china de diccionarios de todas clases. Soy capaz, cuando escribo, de pasarme media hora buscando una sola palabra. Hablar bien y escribir bien es fruto de la orfebrería.

— ¿Has leído libros de retórica o de oratoria?

— No, los pájaros no saben ornitología. Yo no soy ornitólogo, soy pájaro. Leo, escribo y escucho. Para qué acudir a manuales de instrucciones. Sé volar.

— ¿Pero los aprecias?

— Ni los aprecio, ni los desprecio, puesto que los ignoro. Nunca he entendido a la gente que va a los talleres de literatura. A follar se aprende follando, a escribir se aprende escribiendo. Lo demás son tontunas.

— Cuando hablas, ¿utilizas conscientemente figuras retóricas?

— Conscientemente no. Volvemos a lo del pájaro. El pájaro no piensa que vuela. Simplemente lo hace. He llevado siempre una vida literaria; ya en el colegio me llamaban la rata literata, pero recurrir a figuras de dicción es en mí un proceso absolutamente espontáneo.

— ¿Crees que la importancia de la palabra está descendiendo en nuestra sociedad, o por el contrario tiene cada vez más importancia?

— Por supuesto que está descendiendo. La tontería ésa de que una imagen vale más que mil palabras, cuando es exactamente lo contrario, nos atosiga con películas, con programas de televisión, con fotografías… A mí me sucede algo curioso. Nunca me fijo en las fotos o en las viñetas de los chistes cuando leo el periódico. Me pasan completamente inadvertidas, incluso cuando hay una foto mía, lo que es el colmo. Llego al extremo de que cuando leo una revista porno, y siempre he sido aficionado a leerlas, no me fijo en las fotos que la ilustran, lo que me excita es el texto. Una afición, la de leer la revista Clima, que compartía con Federico Jiménez Losantos, pero cada uno en su casa, claro.

— ¿Cómo te preparas una conferencia?

— Diez minutos antes de darla garabateo unas cuantas líneas maestras sobre una ficha de bibliotecario. Con eso me vale. Luego, en el curso de la conferencia, apenas miro esa falsilla. Pero yo no doy conferencias, que son siempre aburridísimas, sino charlas. Todo debe convertirse en materia narrativa. Que no se enteren los que las contratan de lo que he dicho, porque mis emolumentos descenderían. Hablar es como torear. Los pases empiezan y terminan en el mismo instante en que se producen, y por ello son irrepetibles.

— ¿Estableces diferencias entre tu oralidad y tu escritura?

— En definitiva cuando hablo estoy trasladando mi memoria a la oralidad, lo mismo que digo cuando escribo. Muchas personas me dicen que escribo como hablo. No es cierto. Hablar me sale de sopetón y escribir es fruto de una ardua y lenta tarea. Pero alguna conexión existirá entre mi palabra escrita y mi palabra hablada, cuando tanta gente dice eso.

Yo sé que hay gente que te admira más por cómo hablas que por cómo escribes.

— Te voy a hacer una confesión: a mí no me gusta como hablo, me sorprende que a la gente le guste tanto. De hecho, en la vida privada, soy una persona extraordinariamente silenciosa. Decía Hemingway: "Calla. La palabra mata el instinto creador."

— Fernando, eres una sorpresa continua. ¿Te gusta improvisar? ¿Cómo lo haces?

— Ya lo he dicho antes; me gusta comparar el arte de hablar con el arte del toreo. La palabra es fruto de la respiración, y el arte de respirar consiste en vivir siempre en el hic et nunc, en el aquí y ahora.

Esto se sale un poco del tema de esta entrevista, pero ¿te crees superior a los demás?

— Me creo superior a muchos e inferior a algunos. Una cosa es el populacho. Otra, las personas. No hay muchas.

— Perdona la pregunta que te acabo de hacer. Ya sabes que toda pregunta en realidad te la haces a ti mismo.

— Entonces tú también te crees superior a los demás.

— No creas… ¿Te gusta estructurar en tu cabeza lo que vas a decir o escribir?

— Sí, yo me paso muchas horas al día pensando, especialmente cuando escribo. Por eso creo que la palabra escrita me revela mucho más que la palabra hablada, ésta a veces, es fruto de la prisa. La otra, nunca.

— ¿Meditas lo que vas a decir antes de decirlo?

— Meditación no, porque meditar es detener la mente, lo contrario del pensamiento. La confusión imperante en el mundo occidental entre la meditación y la reflexión, que son cosas exactamente opuestas, es trágica. Mi novela La prueba del laberinto llevaba una cita de Osho al comienzo: "El mundo de hoy tiene dos opciones, meditación o suicidio global."

— ¿Tienes algún método a la hora de hablar?

— No, no tengo ningún método. Como sale, sale.

— ¿Qué pretendes al escribir un artículo, cuál es tu objetivo?

— Al escribir no busco nada, para mí escribir es como respirar. ¿Por qué respiro? ¿Lo sabes tú? Es mi forma natural de vivir.

— ¿Crees que escribir es una obsesión?

— En mi caso debe serlo porque tengo que escribir muchas horas en el día, y si no lo hago no estoy bien.

— En todas las circunstancias de tu vida, tan variadas, en las que tanto tienes que hacer uso de tu palabra, ¿te sientes algunas veces descolocado, dubitativo?

— Detesto hablar en público. Quien me invita a dar una conferencia me da un disgusto. ¿Por qué, entonces, lo hago? Porque no sé decir que no, porque estoy bien educado, porque me lo pagan bien y de algo hay que vivir, y sobre todo, porque soy taoísta, fluyo. Ya sabes: el agua todo lo vence porque a todo se adapta. La gente, de todos modos, sabe, porque me ve, me oye, o me lee, lo que hago, pero no sabe lo mucho que no hago. Conferencias, artículos, entrevistas, incluso libros a los que digo que no.

— El uso de la palabra en tus programas de televisión, ¿tiene alguna diferencia especial con el uso común?

— No, o por lo menos no de modo consciente.

— ¿Crees que la palabra tiene un poder, es un poder?

— Escrita sí. El prestigio del negro sobre blanco, el reflujo de las Sagradas Escrituras. La palabra hablada en cambio se la lleva el viento.

— Pero el recuerdo puede ser muy fuerte.

— Los recuerdos tienen muy poco que ver con lo que realmente sucedió.

— Tu vida son las palabras, ¿qué le dirías a unas personas que quieren utilizarlas mejor en todas las esferas de su vida, desde lo más pequeño a lo más grande?

— Que lean, que estudien, que reflexionen, que hablen con la gente en las tabernas y, por supuesto, que apaguen la tele.

— ¿Crees que hablar y escribir implica actuar mejor?

— Si sirve para eso no sirve para nada. Lo único que en la vida importa es ser, o llegar a ser, una buena persona. Eduardo, estamos hablando de la palabra, ¿no crees que hemos hablado demasiado? Punto en boca. El silencio es siempre más elocuente que el discurso.

 

Adjunto
5.0/5 rating 1 vote

Leave a comment

You are commenting as guest.

Utilizamos cookies para mejorar nuestros servicios. Si continúa navegando, consideramos que acepta su uso Puede obtener más información, o bien conocer cómo cambiar la configuración, en nuestra política de cookies.

  Acepto cookies / I accept cookies.
Directiva europea de cookies